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Por Nakachi

Dedicado a Gerardo Benavides, norteño árido de corazón

Zafra

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El ingenio  San Cristóbal había sido durante años el orgullo de la Toma,  un pequeño poblado de menos de seiscientos habitantes tan solo a once kilómetros de Córdoba, Veracruz. El presidente Luis Echeverría Álvarez visitó el lugar en 1974 para agradecer por la contribución al país.

Los trabajadores compartieron un rato de fiesta. Al día siguiente de la visita del presidente con delirios de tlatoani, el del “arriba y adelante”, el reloj marcaba las seis de la tarde y don Filiberto Mondragón esbozó una sonrisa mientras esperaba para ceder el turno.

Don Filiberto Mondragón era conocido en el ingenio  por su increíble puntualidad pues en más de cuarenta años nunca había llegado tarde. Le tocó mirar la transición del lugar, de sembrar y producir piñas del tipo Queen, a la caña de azúcar.

El motivo del cambio obedeció a decisiones económicas y políticas; pese a todo supo adaptarse y mantenerse vigente en el nuevo negocio azucarero. Se distinguió por ser un hombre sumamente rígido en el trabajo. De todos era conocido que llegaba una o dos horas antes a trabajar, tiempo que aprovechaba para cambiarse de ropa, remendarla si era necesario y lustrar sus zapatos.

En épocas de zafra la producción de azúcar exigía bastante esfuerzo físico y estar pendiente al cien por ciento de los evaporadores, los molinos, los cristalizadores, filtros y herramientas usadas.  Todo en operación resultaba peligroso,  se hallaban en tan mal estado que ya no era extraño conocer de algún accidente.

Después de cuarenta y ocho años de trabajo y demasiadas zafras, a don Filiberto Mondragón se le podría considerar un experto en el proceso de fabricación de azúcar.

Caminaban  los últimos meses de trabajo para don Filiberto Mondragón, de su rostro lleno de arrugas y con la piel quemada por el sol se escapaba una mezcla de emociones, mientras que las señoras que pescaban truchas  cerca del criadero de Trapiche vendían afuera del ingenio azucarero.

Le decían que se veía triste y que sus ojos se veían cristalinos con ganas de llorar. Otros como los borrachos de la cantina, lo notaban feliz y hasta lo invitaban a tomar pero él nunca aceptaba.

La temporada de zafra dura cerca de cuatro meses, tiempo que utilizan para procesar el azúcar que los campos de caña brindan. El resto del tiempo lo utilizan para dar mantenimiento a los equipos. Don Filiberto Mondragón había tenido demasiados ayudantes, y éstos solían ser desde adolescentes hasta señores de avanzada edad, que regularmente no se tenía registro de sus nombres ni edades. En ocasiones regresaban a trabajar al año siguiente, en otras no.

Don Filiberto Mondragón  enseñaba a un joven muy torpe pero con ganas de aprender el área de clarificado donde tenía la tarea de adicionar lechada de cal al jugo de caña que se obtenía de la molienda. En un acto de torpeza el joven vertió cantidades excesivas de la lechada haciendo que fuera imposible usar el jugo de caña.

Esto causó el enojo de don Filiberto Mondragón quien a su avanzada edad ya no tenía la misma paciencia de  años atrás, por lo que arremetió contra el joven propinando un golpe con una vara de caña, al tiempo que gritaba con sevicia.

–¡Pendejo! ¡Última vez que te equivocas!

El joven con la mirada hacia abajo y con gesto de súplica pedía otra oportunidad pues necesitaba el dinero. Llegada la hora de salida don Filiberto Mondragón se acercó al joven con una sonrisa forzada y ofreciendo disculpas por lo ocurrido, lo invitó  a tomar tepache en su casa para remendar el sobresalto.

–No  puedo hoy, debo llegar con mi esposa.

–Sólo un par Pedrito, me siento apenado —suplicó el viejo.

Después de varios minutos de ruego por fin accedió con la condición de tomar solo un vaso.

–Así será, sólo quiero asegurarme de que no se nos quede este amargo trago por culpa del trabajo.

La casa de don Filiberto Mondragón era un lugar apartado de la Toma, rumbo a la fábrica de aceite La Patrona, el único acceso era el camino de terracería y la carreta de don Filiberto Mondragón con picos, palas, cadenas y una linterna de petróleo resultaban ser  el único medio de transporte en kilómetros.

Pedro Sánchez comenzó a sentir cierta incomodidad a pesar de la amena plática sobre azúcar que sostenía con don Filiberto Mondragón. Llegando a la casa, don Filiberto invitó pasar a Pedro Sánchez y señaló con el dedo un guacal de madera que hacía la función de silla para que pudiera descansar, mientras traía la jarra con tepache de piña y el vaso que había prometido.

Pedro Sánchez  incómodo por la situación y la atmósfera lúgubre que se respiraba en la casa de don Filiberto Mondragón pensó en tomarse el vaso de fondo y despedirse pero antes de que pudiera levantarse, don Filiberto Mondragón enterró el pico que guardaba en la carreta en el cuello de Pedro Sánchez,  quien cayó desvanecido sobre los guacales derramando sangre sobre el piso de tierra.

Unas horas después don Filiberto Mondragón dirigió la carreta hacía el ingenio azucarero, al llegar tomó el costal de la parte trasera de su carreta y lo arrastró hasta los enormes molinos dispuestos en fila y que en longitud abarcaban más de treinta metros por los que la caña era despojada de su cáscara y molida para obtener el jugo.

Después de encender los molinos arrojó los miembros de Pedro Sánchez asegurándose, como de costumbre, de limpiar el camino de sangre en la tierra  y se dispuso a preparar su ropa, lustrar sus zapatos y remendar su bata.

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