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Por Nakachi     

Te fuiste

Cuando se fue de casa tu papá, tu mamá se vio forzada a trabajar. Al poco tiempo se juntó con Gilberto; así, se fueron a vivir los tres. No quiso que le dijeras papá porque él no quería más compromisos con tu mamá. Cuando sí quiso, ahora el que no quiso decirle papá fuiste tú; tu orgullo se hizo gigante.

Ese verano, ellos eligieron pasarla en Veracruz. La idea te pareció fabulosa porque por fin ibas a conocer el mar. Se alojaron en el hotel Emporio. Antes de salir a pasear, desayunaban en el mítico restorán La Parroquia. Como buenos adultos, hablaban y hablaban de cosas que ni entendías pero tú lo disfrutabas.

A tus diez años irradiabas alegría en el puerto de Veracruz. Estabas tan libre y tan cercano a la felicidad que por primera vez sentiste que la habías atrapado; desde todos sus ángulos podrías haberla definido. Fueron días como de cuento de hadas, todo iba de maravilla. El Emporio y sus pulcros pisos de mármol te permitían deslizarte como esquí en el agua.

Con ojo agudo mirabas con lupa a los comensales de La Parroquia. Observaste boquiabierto que guardan la tradición jarocha de golpear su vaso con la cuchara para jalar al camarero a que sirva el lechero. Por su lado, los meseros como en un acto de acrobacia, ejecutaban su obra que hicieron que te sobresaltara el corazón.

Gilberto te había comprado tu gorro naval; cuando te lo ponías, caminabas soberbio por los pasillos del restorán. Intentabas en cada paso parecer un cadete naval. Lo constatabas cuando entrabas al sanitario y te veías en el reflejo de su espejo.

Gilberto te platicó la historia de los Niños Héroes de Chapultepec. Fue de esos pocos momentos que habló contigo. Siempre estaba frío como un hielo, pero esa mañana andaba generoso en su hablar y tú en escuchar que no estabas para cuestionar, le regalaste toda tu atención.

Por tu necesidad de ser amado por papá, sus palabras se inocularon hasta lo más hondo de tu corazón y tuvieron efecto: se agrandó tu odio hacia los gandallas invasores comandados por el Gral. Scott. Interpretaste que la gesta heroica de los cadetes fue un acto de desobediencia, los jóvenes aspirantes habían desacatado la orden de sus superiores de irse a su casa, todo por defender su colegio.

Fue donde la actitud dominante de mamá por “devorarte” en todo momento, te hizo corto circuito en la mente.

El balcón del cuarto piso del Emporio que daba a una generosa vista al mar lo hiciste tu rincón favorito. A ti te sacudió desde la primera vez que lo tuviste a tus pies: su marco gigante de tres hojas de cristal enmarcadas por un aluminio blanco se confundía con el brillo diáfano del atardecer en el ocaso veracruzano.

Parado en ese rincón con tus ojos puestos en  San Juan de Ulúa, maquinabas  el sueño de vengar a México, siendo tú el nuevo niño héroe. Qué sensación tan deliciosa corría por tu interior.  Hasta que la aguafiestas de tu madre te despertaba con su voz gruñona: “¡Ya apúrate! ¿Qué tanto haces ahí? ¡No  corras! ¡No esto, no lo otro! ¡Siéntate! ¡Levántate! ¡Cállate!”

Ese día algo iba a suceder, ya nada sería igual después de esa mañana gélida infernal del domingo seis de julio de 1997. Ni  siquiera por aquí te pasó cuando amaneció. Tampoco tenías por qué saberlo si eras un niño.

Salieron de la misa matutina, siguiendo la rutina establecida, fueron a desayunar a La Parroquia. Estabas ansioso por regresar al Emporio con propósito de recoger tu cámara fotográfica Kodak para tener con qué capturar el tiempo y salir disparado al Museo Naval, recién inaugurado por el propio presidente de la república, Dr. Ernesto Zedillo.

Te urgía imaginar y reconstruir en tu mente la invasión norteamericana de 1914. Clarito sentiste cómo te llamaban  los propios Virgilio Uribe y José Azueta.

Cuando salieron de La Parroquia caminaste ansioso al Emporio, ellos parsimoniosos y melosos seguían en la retaguardia, no llegaban; lleno de desparpajo no quisiste  esperarlos en el lobby. Tuviste la osadía de abordar el elevador que te llevara al cuarto piso para pisar tu rincón favorito y sin reprimenda alguna, echar a volar tu insaciable fantasía.

Seguiste el respectivo protocolo: abrir la gigantesca puerta de cristal de tres hojas con su marco de aluminio blanco para pasar al lugar donde se valía soñar y soñar. Fue el propio mar quien te recordó que tenías una cita en el Museo Naval y corriste hacia el cuarto por tus cosas. En un movimiento ágil tomaste todo y saliste de nuevo.

Como jalado por un gigantesco imán, por el pasillo del Emporio huías hacia el Museo Naval. Tu madre iba detrás de ti y como ogro insistía: “No corras por favor. No esto. No lo otro…” Ni siquiera pelaste el elevador, ibas como en estado de trance cuando te perfilaste con dirección a tu rincón favorito, te me figuraste tanto a esos corderitos que trasquilados van hacia el matadero.

En el estado en el que te hallabas olvidaste la puerta de cristal gigantesca. Apretaste el paso, agarraste vuelo… En ese parpadeo, alguien atrancó la puerta. ¿Quién carajos la cerró? ¿Se cerraría sola? Siempre te lo has preguntado. Hasta la fecha es un misterio que no tiene respuesta.

Un estruendoso ¡crac, crac..!, te despertó de tu sueño. Habías rebasado ese límite al cruzar  el umbral de la puerta corriendo… de la nada aparecieron estrellitas en tus ojos que se mezclaron con el ruidero ensordecedor; del espanto, te regresaste. Solito te aplicaste el harakiri. Ahí estabas  frente a tu madre en un abrir y cerrar de ojos: bañado en sangre. Ella no daba crédito a lo que veían sus ojos, te estabas muriendo a sus pies.

Desesperado como hombre que se está ahogando, contenías con tus dos manos la sangre que a borbotones fluía como manantial por tu cuello. Pobre de tu mamá, suplicaba llorándole a Dios que no te abandonara.

Por reflejo de conservación, Gilberto angustiado te llevó en sus brazos, en cada paso que daba, con tu sangre era como tapizar la ruta al mismo infierno. Los del hotel te miraban con lástima pero tampoco te ayudaban; ya sabes, nunca faltan los morbosos ni los cuchicheos.

Las miradas acusatorias apuntaban hacia tu mamá, clarito se escuchaba que decían: “qué pinche señora tan descuidada, pero dónde estaba, ¿ya viste?; pobre chamaco, si se salva ya se desgració para toda la vida”.

En el drama nadie hacía nada y tú sentías que todo era una pesadilla, después de que te pellizcaste… ¡Sorpresa!, no era un mal sueño, te estabas yendo de este mundo. Te llegó una angustia que hizo que conocieras la agonía.

Con un pie en la cruel realidad,  suplicabas: “Mamita  no dejes que me muera, te juro que si me salvas ya me voy a portar bien, ya te voy hacer caso”; ella, conmovida, contestaba: “Claro que sí mijito, no te vas a morir, te vamos a salvar, papacito”.

Nadie se solidarizaba en llevarlos al hospital, nadie se quería comprometer. Todos se hacían de la vista gorda. Solo un turista extraviado de esos taxistas chilangos que deambulan por todos lados no tuvo deparo en llevarlos.

“Claro que los llevo señores, todo sea con tal de que hoy gane la elección en el DF el ingeniero Cárdenas”, asintió el lunático chofer mostrando sus changuitos con los dedos. El viacrucis hacia la Cruz Roja se hizo eterno. Tu mamá siempre imperativa: “¡Písele señor que se muere mi niño!”

En el nosocomio, te atendieron como pudieron. El taxista sensible por la escena, fue generoso  que ni siquiera cobró la dejada. Todavía al llegar al hospital, seguía con sus fantasías y mostrando el cruce de su dedo medio sobre el índice insistía en hacer changuitos: “Ya llamé a la casa, me dicen que estamos arrollando en la elección, el DF se va a pintar del color amarillo de la revolución democrática”.

En manos del Dr. Aguilar, no pusiste resistencia alguna, con tal de salvar la vida estabas dispuesto a hacer lo que fuera. Esa actitud valiente, propia de los adultos conscientes, tú la adquiriste  cuando sentiste que la muerte te correteaba pisándote los talones.

Tu mamá y Gilberto esperaban como buenos  celadores. Si supieras todo lo que piadosos rogaron por ti.

Todo jodido saliste del quirófano, no sabías definir qué te dolía más; si el no haber ido a tu “cita” al Museo Naval  o las heridas en el cuerpo. Por si fuera poco, con esa frialdad típica de los galenos, éste no tuvo compasión y brindó su  diagnóstico como dardo envenenado: “Señora, ¿ya se dio cuenta lo qué pasó?, todo salió bien pero, dónde estaba usted cuando le pasó esto a éste pobre chamaco… estuvo a un milímetro de cortarse la yugular”.

Sus palabras se tatuaron en tu memoria que solo de evocarlas te estrujan el alma. Tu mamita, avergonzada pero agradecida por salvarte, se tuvo que tragar el regaño con un nudo en la garganta. “Sí doctor… Discúlpeme”.

Los del hotel no se tentaron el corazón con tu madre e indignados cobraron el cristalazo. Siempre te lo reprocharía y cuando podía insistía en eso de: ¡Eres muy necio, si supieras el ojo de la cara que me sacaron en el Emporio por tus babosadas! Pero lo orgulloso nunca se te quitó, por el contrario, más creció con la edad,  de tanto champártelo, un día explotaste: ¿Pues dígame cuánto le debo?

Esa noche, de regreso en la habitación del Emporio no podías dormir, Gilberto dispuesto a apapacharte quería retomar la historia de los Niños Héroes desobedientes, pero no lo dejaste. Le pediste que ya no te contara historias humanas que mejor te contara otra cosa.

Después de ese día preferiste  ficción y no realidad. Ya no fuiste el mismo. El niño bonachón y cándido que conocí en la primaria, se lo llevó el cristalazo. Algo sucedió que te cambió para siempre. Por lo menos eso se reveló cuando te viste en el espejo. Había surgido un nuevo héroe.

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