Por Nakachi

La Matlalcueyetl: lugar de encuentro

Hace unos días tuve el privilegio de vivir con mis dos hijos y un grupo de amigos la subida a la Matlalcueyetl o Malinche (4420 metros sobre el nivel del mar) en el estado de Tlaxcala. Cuando se desafía a la Madre Naturaleza, lo prudente es guardarle respeto y buscar la experiencia de quien se mueve como pez en el agua en estas andanzas. Fuimos guiados por dos hombres experimentados que asumieron su papel con diligencia y prácticamente nos llevaron de la mano. Por nuestras pláticas supe que nuestros guías, Roberto y Óscar de 75 y 68 años, desde niños quedaron marcados por el alpinismo, lo vienen practicando desde hace sesenta años.

La cita para el arranque fue a las seis de la mañana. Nos recibió el sereno otoñal de octubre con una Luna llena imponente. Es imposible no dejarse arropar a las faldas de la montaña por todo el entramado natural del bosque de coníferas, encinos y oyameles que distinguen a este lugar milenario.

Es preciso describir lo diverso del grupo de exploradores. Además de mis hijos y un servidor, al compromiso acudieron diez amigos y uno de sus hijos, Óscar y don Roberto que llevó a su hija. De modo que al compromiso acudimos diecisiete personas que oscilamos entre los treinta y sesenta años de edad. Sin pretenderlo fuimos muchos señores y muchos chavos. Muchos fuimos de lugares del Valle de México, otros de la península de Yucatán, Oaxaca, Veracruz y hasta un amigo de Nueva York. Este detalle juega un papel definitivo, pues mis amigos que viven al nivel del mar, se las verían negras por razones naturales.

Con la luz de todo líder que guía a seres humanos, don Óscar trazó la estrategia para lograr nuestro objetivo: “Mi hermano irá a la vanguardia y yo a la retaguardia, mi sobrina se moverá con libertad para apoyar a todo el grupo. Si en caso de que alguien o varios se fueran quedando por alguna razón, yo me quedaré para auxiliarlos hasta poner a todos en el punto de reunión”.

Conmueve más la aventura cuando en el Parque Nacional “La Malinche” se coincide con más grupos de exploradores de todas partes del país. Aquello se volvió una fiesta con un solo propósito: llegar a la cumbre de Malinche. Entusiastas comenzamos el arribo. No fue hasta después de caminar más de tres horas que nos detuvimos a desayunar unos emparedados. Nos andaba por “cargar la pila”.

En este punto de encuentro fue donde algunos ya venían sufriendo la gota gorda. Entre más subíamos, el oxígeno se hacía menos, algunos comenzaron con eso de los tirones. En contraste,  me llamó la atención nuestra única mujer en el grupo, cuando la observé pude percatarme que venía más fuerte que todos.

El ego del hombre propone, pero esa mañana la Madre Naturaleza dispuso de lo que llamamos mal tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, el cielo imponente se fue transformando en neblina que se conjugó con un viento otoñal helado. En la vida como en la literatura hay eso que se llama puntos de quiebre. A nosotros nos llegó cuando caminábamos la frontera que divide el bosque, de la zona árida: los cuatro mil metros sobre el nivel del mar. La calamidad no tiene hora y tampoco sabe de prevención, solo se hace presente.

Nuestros jóvenes que iban delante de los viejos se detuvieron porque la neblina les impidió ver más allá; esto generó angustia en el grupo. Entraron en ese dilema de seguir caminando para generar calorías naturales o quedarse estáticos hasta volverse paletas. La cosa no quedó allí. De repente comenzaron a escucharse voces de pánico: “¡Bájense! La cosa está muy fea allá arriba, el viento sopla muy fuerte, no los vaya a aventar”. Una señora, no se reservó y a los cuatro vientos reprochaba a sus amigos: “¡Ahí está su Malinche! ¡A eso me trajeron, cabrones!» Quise capturar el tiempo con un video, me dispuse a grabar con la cámara de mi móvil, ¡sorpresa!: el aparato no cargaba la cámara por el frío, y por primera vez en mi vida vi por el dispositivo mis cabellos y cejas cubiertos de agua nieve. La escena me pareció de epopeya.

Yo también viví mi propio drama. Mis hijos venían en ese grupo de jóvenes dubitativos que se contagiaron del exterior, después supe que su desanimo vino desde el propio grupo. A uno de nuestros amigos le dio mal de montaña y lleno de terror comenzó a expandir sus temores a los demás. ¿Cuántas veces no nos hemos paralizado en nuestros proyectos personales por temor ya sea al éxito o al fracaso? Tuve la disyuntiva  si quedarme con mis hijos o continuar. Escogí la segunda.

En medio del drama natural de viento y neblina, cuando encontré a mis hijos temerosos, ellos no lo supieron en ese momento, pero me lanzaron a no darme por derrotado. Destaco que allí se hallaba uno de mis amigos (de los rucos) que por poco y lo convencen los chavos a desistir.  Cuando lo vi le dije: “Yo voy a continuar, vámonos”. Cosa maravillosa: después de que lo jalé, él me terminó jalando a mí. Si mucho se dice que nadie puede solo, el trabajo en equipo genera cosas extraordinarias.

Rebasada la frontera, aquí comenzó la verdadera subida a La Malinche, donde más que la parte física, igual de importante es la parte mental.

Nos recibió la zona pedregosa donde se va subiendo paso a paso de rodillas. En un acto de supervivencia, preguntábamos a los que descendían cuánto faltaba para llegar y su respuesta tiene que ser como la de un médico esperanzador (aunque no sea cierto): “Ya merito, están como a veinte minutos”. Esos dichosos veinte minutos en realidad se hicieron más de noventa para alcanzar el objetivo. A mí se me hicieron eternos.

En este momento sentí por primera vez en mi vida lo que es un calambre en el muslo. Hace unas semanas concluí un curso sobre resiliencia donde se habló del impacto en el cuerpo de los pensamientos negativos y positivos. Para mis adentros me dije: “A ver, Nakachi, jamás te han dado calambres en el muslo. Para estar en este momento has dejado a tus hijos en manos de un guía, has dejado familia, trabajo, y no puedes bajarte diciendo, ‘es que me dio un calambre’ y no pude”. Continué con mi dolor. Cuando menos sentí, el dolor se fue como llegó. Ese es el  poder de la mente para ser resilientes en la adversidad.

Rozando las cinco horas caminando, gateando y zigzagueando en la montaña, fue que pudimos llegar a la cumbre. La sensación de triunfo es maravillosa. El clima gélido de menos cuatro grados bajo cero allá arriba era terrible pero lo sustituyó el calor del triunfo en un vínculo de hermandad. Se salen las lágrimas de alegría.  Cada quien sabe lo que invirtió para ver materializado esa figura abstracta y relativa que denominamos éxito. A este punto llegamos solo cinco personas (puros del grupo de viejos): don Roberto, su hija, dos de mis amigos y un servidor. El resto del grupo de jóvenes iba bajando al punto de reunión de la mano del guía de retaguardia.

En estos periplos la meta no es llegar a la cumbre, sino bajar al lugar de inicio todos a salvo.  Comenzamos el descenso.

El dilema de parar o continuar caminando para no congelarnos también en la bajada nos encontró, sólo que más mermados en lo físico. Por lo menos eso nos hacía saber nuestro cuerpo en cada pisada. Por razones lógicas, nuestro guía de vanguardia en el descenso se hizo el de retaguardia. Su hija y mis dos amigos hicieron el descenso juntos. Yo bajé con don Roberto.

Esas cuatro horas al lado de este hombre  fueron para mí  un regalo de la vida. En una de tantas paradojas del hombre, si el tiempo a los 75 años de don Roberto han mermado su cuerpo, su mente cada que camina le van brindando mayor sabiduría.

Destacaré su respuesta a una pregunta que le formulé: ¿Es usted un hombre feliz?

“Por supuesto, sin duda. Terminé todo lo que me propuse. Soy médico ortopedista de profesión, me casé con la mujer que amo y madre de mis hijos. Tengo varios años que me jubilé. Ahora me dedico a disfrutar de la vida, le digo a mis hijos que quiero vivir mínimo cien años. Venir a la montaña me retroalimenta. No es presunción pero a mi edad la sigo subiendo y bajando con una mano en la cintura”.

Su respuesta me conmina a plantearla otra: ¿Cuál ha sido su mayor hazaña en el alpinismo?

“Haber subido el Aconcagua”. Quedé impresionado por su contestación. ¿A qué edad la subió?: “Cuando tenía 58 años”. ¿Cómo fue esa experiencia?: “Un día de 2004 navegando en internet le pique al ratón a una página que traía la imagen del Aconcagua. Eso me llevó a conocer a un guía que hacía esos viajes. En ese entonces se me hizo un dineral. Le platiqué a mi administradora y jefa de recursos financieros de mi hogar, mi esposa, pero no me dijo nada. A los pocos días ella mismo me dio su permiso en estos términos: ¿Es el sueño de tu vida?, ¡Sí! –respondí sin dudarlo−, pues por el dinero no te detengas, sí te alcanza. Los quince días que invertí en Argentina para subir la montaña más alta de América junto con la semana que necesité para descender, me transformaron y de regreso en México pude decirle a Dios y a la vida: ¡Ya puedo morir en paz! Y veme aquí, aún sigo caminando y ejercitándome. Todos los días hago ciclismo de ruta (recorro mínimo veinte kilómetros) o en una bicicleta fija en mi casa”.

En medio de nuestra plática la neblina y el viento nos hicieron perder la ruta, lo que quiere decir que nos perdimos por un rato. Si digo que no sentí miedo sería mentir, pero fue mayor mi seguridad saberme en manos del maestro. Con la seguridad de quien lo sabe todo, el guía hizo gala de sus muchos recursos y poco a poco fuimos encontrando la ruta de regreso. Don Roberto es un verdadero faro de luz en la oscuridad. En este tiempo aciago, fanales como don Roberto cómo le hacen falta a México.

Poquito antes de las cinco de la tarde pudimos encontrarnos todos en el punto de reunión. Unos con la espina clavada de no haber subido, otros impactados por la grandeza de la naturaleza, mis hijos emocionados porque su superhéroe logró la conquista de la montaña, pero eso sí, todos compartimos el sentimiento de hermandad que nos une sabernos en adversidad y volvernos a ver seguros.

La primera vez que conocí la Matlalcueyetl fue a inicios de 2009, en ese intento me tocó ser de los que se quedaron a auxiliar a otros en el grupo. Doce años después, regresé a casa con una satisfacción distinta. La montaña me regaló una seguridad sólida. Una satisfacción genuina que no había experimentado en otro momento de mi vida.

En los últimos días cada que la observo imponente en su reposo, no me queda sólo agradecerle que nos haya permitido conocerla hasta su cumbre. Es cierto lo que decía Machado: “… Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino…”.

http://@Nakachi_Mx