LOGO NAKACHI PLUMA LIBRE

Por Nakachi 

El Mensajero

Pluma Libre... El Mensajero

No cabe duda que cuando se encuentra el por qué, el cómo llega en consecuencia. Por lo menos así le pasó a Fedro, un empleado entre miles que habitan  Puebla de Zaragoza. Con muchos esfuerzos iba capoteando las necesidades materiales y económicas en su hogar. Todo parecía estar en su justo equilibrio. Pero la vida misma va acompañada de sus desafíos:

–¡Mi amor, ya me hice la prueba y salió positiva, vamos a ser papás! –Indicó la emocionada esposa.

Así llegó a este mundo, Fedrito. Se sentía radiante el nuevo papá. A los pocos meses otra noticia lo llenaría de alegría, al tiempo de encender las alarmas de su economía.

–¡Mi amor, estoy feliz, vamos a volver a ser papás! ¡Viene en camino un hermanito para Fedrito!

Algo tenía qué hacer. Llegó a la conclusión de que tenía que doblar su orgullo y pedirle ayuda a su suegro, taxista de oficio.

–Suegro, quiero platicar con usted. Platiqué con Alicia, vimos que como viene el bebé en camino, quiero pedirle que me deje trabajar por la noche su taxi los fines de semana.

–… ¡Ay cabrón! No me la esperaba así como me dices. ¿No les alcanza?

–No suegro, no la vamos a librar.

–… Es que la noche siempre es riesgosa. ¿Ya lo consideraste?

–Claro que ya lo consideré, vengo pensándolo desde hace muchos días. Pero estoy dispuesto a lo que venga.

Haciéndose a la aventura enfrentando los riesgos propios del oficio, sin licencia oficial más que la de su suegro, trabajaba los fines de semana en el horario de veintitrés horas hasta las siete de la mañana del siguiente día.

Como todo principiante, corrió con suerte al principio,  de modo que sus desvelos se veían recompensados cuando regresaba a casa con buenas cuentas. Como si del más allá también le echarán la mano, todo iba viento en popa. Hasta que llegó el día que marcaría su paso de taxista.

Ese sábado en la madrugada todo pintaba en el orden natural de su rutina. Alrededor de las dos de la mañana  fue a dejar un pasajero a una zona poco poblada al poniente de la ciudad. Guiándose por su intuición fue hallando camino para su retorno. De la oscuridad se asomó una luz. Conforme se fue acercando pudo ver que se trataba de un taller de carpintería, y eso porque alcanzó a ver la sierra, la mesa de trabajo, el aserrín espolvoreado por el piso. Casi para pasar frente al local, salió un señor que por su aspecto robusto, nadie dudaría que fuera carpintero y en un movimiento ágil le hizo la parada:

––Jefe, quiero pedirte un parote. Estuve esperando todo el día al ingeniero pero canijo, no vino. Llévame a Santa Margarita y el lunes te pago por la tarde. Te doy mi palabra… No seas gacho, hoy por mí y mañana por ti… Ya verás.

Fue la generosidad, o quién sabe qué cosa que Fedro le hizo el servicio.

Ya arriba de la unidad, el carpintero se mostró como es, sin pudor alguno..

––¡Qué pinche frío! No quería quedarme a dormir arriba de la mesa de trabajo. Neta que te has ganado el cielo y no me voy a dar por mal servido. Lo que necesites de carpintería no dudes en pedírmelo.

En su mapa mental, Fedro estructuró tomar el Periférico para de allí enfilarse rumbo a Santa Margarita por la autopista Puebla-Orizaba.

En breve se dio una empatía entre chofer y pasajero. Y es que el carpintero no se esforzaba en nada por darse a querer. Además de carpintero, le compartía a Fedro que años atrás había sido trailero pero por no dejar tanto tiempo sola a su familia y en especial a su mujer, se había inclinado por la carpintería. Generoso terminó por aconsejarlo:

––Te felicito, sí estás casado no descuides a tu viejita. Amala, apapáchala, dale su lugar, trátala como tratarías a una reina. Nunca te salgas de tu casa si es que estás enojado, uno nunca sabe si va a regresar. Si te platicara… ¡Qué no se ve en la carreta! Y por viejas no se para, te caen por montones. Pero hombre no es el que tiene muchas, sino el que pudiendo tener muchas se debe a una y a esa una, la tiene plena. No lo olvides nunca, pinche flaco… Y sobre todo: ¡Los detalles! No olvides los detalles con tu viejita. Llévale flores, cántale, escríbele poemas, abrázala y dile cuánto la amas.

El tono en que enfatizaba el carpintero sus recomendaciones estaban acompañadas de un toque de añoranza. Como si también las recomendaciones fueran a sí mismo.

–Pero ten cuidado, flaco, la carretera es muy generosa, no por eso deja de presentar riesgos. ¿En el taxi qué tal?

–Llevo unos meses y gracias a Dios no me quejo. Hay la llevo. Esta es mi segunda chamba, de lunes a viernes soy empleado, salgo viernes a las siete de la tarde y por la noche le pego a la manejada.

De manera inexplicable, Fedro tomó el Periférico Ecológico y en la desviación hacia la derecha, ni siquiera se percató que había tomado la carretera pero en sentido opuesto. Continúo y de la nada avistaron las luces de una caseta de cobro. Supuso que era la de Amozoc y no daba crédito que se haya pasado. Para su sorpresa no era esa, sino la de San Martín. ¡Era el colmo! Los dos expertos choferes terminaron por mofarse de su error. Cómo era posible que a ambos cazadores se les haya ido la liebre.

–Ja, ja, ja, ¡No mames, pinche flaco! Neta, no me explico cómo no me di cuenta… Y tú tampoco me dijiste nada. ¿Ahora para regresarte?, y no traigo ni para las pinches casetas.

–Pues sí… No me explico, ahorita busco el retorno, a ver si no hay que pagar doble.

Por extraño que parezca –después lo sabría, Fedro–  nunca hay retorno en ese lugar. Pero esa madrugada algo había sucedido que quitaron dos bloques del muro de contención. A unos metros de la caseta de cobro, de la nada apareció un hueco para poderse retornar. No desaprovecharon la oportunidad de utilizarlo y de un volantazo ya estaban de regreso. Lo cual más llenó de desparpajo al carpintero.

–¡Ja,ja,ja…, pinche flaco, neta que andamos de suerte!

Fedro se perfiló ahora sí concentrado a su destino. Cuando entraron a la colonia era como si lo llevarán a un lugar con propósito de perderlo. Se sintió en medio de un laberinto dando vueltas y vueltas. Después de tanto rodear por fin apareció en medio de la oscuridad la casa del carpintero. No anotó ninguna dirección, Fedro alcanzó a darse cuenta un detalle que distinguía la casa: un nicho dedicado a la Virgen de Guadalupe. Ya con un pie en el asfalto, el carpintero agradecido se despidió:

–¡Pinche flaco, eres a todo dar!, me libraste de dormir en una mesa, eso no tiene precio. ¡Te debo una!, pasas el lunes por la tarde y acá te pago.

Contento por haber hechó su obra de caridad del año, iba en el bulevar Xonacatepec cuando se percató que el carpintero había olvidado una hojita de papel doblada con una imagen del Señor de las Maravillas. Pudo más su curiosidad y abrió el papel:

        “Chaparra… “;

       No terminó de leer la hoja porque intuyó que podría ser algo personal, además iba manejando, no era momento para andar leyendo cartitas. Súbitamente dobló la hoja y la guardó en la guantera.

Andado el tiempo, en na plática con su mujer, salió a relucir una necesidad. Y es que donde manda capitán, obedece marinero.

–Mi amor viene el cumpleaños de mi mamá y le quiero regalar su closet. ¿No sabes dónde se lo puedo mandar hacer?

Se acordó  del carpintero. Él podría ayudarlo y así hasta quedaba bien con su esposa y de paso con su suegra.

Lo buscó en su domicilio pero de regreso en el que creyó laberinto esa madrugada, no dio con el lugar, se desesperó y claudicó en su búsqueda. Se le ocurrió la opción de regresar al lugar donde lo halló. Sin explicación alguna todo lo encontró cambiado, no daba con el local. Encaprichado se bajó y comenzó a preguntar con los vecinos. Cuál fue su sorpresa que las respuestas que recibió despertaban más misterio.

“No joven, un taller de carpintería aquí no ha habido, al menos no que yo recuerde y eso que ya llevó cuatro años viviendo aquí…;¿Un taller de carpintería?, no joven, ¡sepa!…; Sí hubo uno mi joven, pero ¡uf!, hace muchos años cuando se comenzó a fincar el fraccionamiento, un día el maestro simplemente no abrió y donde estaba el taller ahora es una estética –y señaló hacia donde estuvo el taller–”.

La imagen que se apareció en su mente le iluminó la noche cuando levantó al carpintero. No había ninguna duda, allí lo había levantado.

Tal fue su insistencia en ir armando el rompecabezas de esa noche que la idea de hallar al carpintero se volvió  obsesión. Decidido a aquietar su mente, regresó a buscarlo en medio del laberinto, labor que le llevó un buen rato. Caminó de atrás hacia adelante, a los lados, por la periferia… Y como toda búsqueda tiene su recompensa, topó con el nicho de la Guadalupana. “¡Ahuevo es aquí!” ––exclamó emocionado. Sin pensarlo más tocó esperando una respuesta. Nadie abría y cuando estaba a punto de regresarse desanimado, escuchó los pasos de alguien que se acercaba del otro lado para abrirle. Era un joven como de quince años:

–Disculpe joven, ¿se encuentra el maestro?

–¿Quién lo busca? –preguntó dudoso.

Intuyó que lo estaban negando por no pagarle. Explicó:

–El otro día lo traje de raid porque me lo encontré en su taller, pero no vengo a cobrarle, tengo necesidad de un trabajo de carpintería…

No terminaba de explicar cuando al joven se agregó una señorita –supuso que era su hija– dubitativao, remató:

–¿A quién buscan, Juan?

–Es un señor que viene buscando a mi papá.

–Sí señorita, le explicaba al joven…

–¿Cómo era el señor qué dice que trajo? –cuestionó la mujer.

–Era alto, de barba, cabello chino, labios gruesos, muy agradable el señor…

De la casa salió una señora para ponerle más suspicacia al asunto.

–¿Qué pasa, hijos?

–Es otro señor, que vio a papá.

La hija se encargó de poner en contexto a su mamá. La señora se sinceró:

–No se vaya usted a espantar pero con usted son trece las personas en los últimos años que vienen a buscar a mi esposo. Murió hace nueve años en un accidente en la carretera México-Puebla, mero en la caseta de San Martín. Iba en su tráiler con su chalán, se quedó sin frenos y para evitar arrollar a alguien se estrelló hacia el muro de contención, ambos murieron. La última vez que salió de casa, nos peleamos y se fue muy enojado. No sé qué quiera decirnos… Luego nos manda recados con las personas que lo traen…

Fue en ese momento que de lo más intrínseco de Fedro, brotó el recuerdo de esa hojita que había olvidado el carpintero.

–¿Sabe qué señora?, ahorita que lo dice. Ese día su esposo dejó en su asiento olvidado una hoja con un recado. Deje voy por ella.

Cuando desdobló la hoja se topó  una leyenda que no podía ser más explícita:

Chaparra, perdóname. Estoy bien, me adelante a preparar nuestra casa en  la eternidad. Pero por favor… No estés enojada conmigo. Cuida de los nuestros.

                                                   Tu Pepe el toro de los caminos”.

http://@Nakachi_Mx