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Por Nakachi

El mesías olvidado

PLUMA LIBRE

El pasado 19 de junio, López Obrador repitió una vez más que en 2024 se retirará y que además quien llegue, puede ser mejor que él. “… Ya me faltan dos años y tres meses… es una cuestión de principios, yo ya me voy a jubilar terminando mi mandato”, dijo el “redentor” que consagró parte de su vida en acceder a la presidencia de la república.

Brota una pregunta obligada: ¿le creemos a quien miente en promedio más de noventa veces por aparición pública?

Por lo demostrado en este gobierno populista que ha hecho del engaño su modus operandi, no tengo duda que el plan original de López Obrador era extender su mandato hasta donde topara. Sus aires mesiánicos desde siempre lo sustentan.

El “Mesías Tropical” como lo definió Enrique Krauze en su ensayo para Letras Libres la víspera de la elección de 2006, se ha robustecido con el tiempo, la propaganda y por sus miles de seguidores, corifeos y patiños que lo hacen un dios amado.

Cómo es eficaz la propaganda que opera su comunicador social, Jesús Ramírez Cuevas, que han logrado lo inaudito: inocular en el ente colectivo la idea casi de leyenda urbana que algún día gobernó a este país, Peña Nieto.

Solo para que le vaya midiendo dónde estamos parados, nos perfilamos al ocaso de un, sexenio  inepto y peligroso para el ejercicio de la libertad de los mexicanos. Es difícil hallar tanta destrucción al entramado institucional en tiempos de paz como en esta administración, desde que nos constituimos como república en 1824.

Y vaya que hemos tenido gobernantes malísimos y muchas guerras intestinas. De ese tamaño.

¿Tiene futuro el régimen lopezobradorista? ¿Qué viene para la sucesión presidencial? ¿Podrá enquistarse en el poder este grupo de políticos serviles a un hombre “todopoderoso” que ronda en los 68 años? ¿Se mantendrá la popularidad del presidente?

Veamos.

Con el cuidado de la interpretación por los tiempos,  espacios geográficos y las coyunturas políticas, no tiene desperdicio considerar las reflexiones de quien está considerado como el padre de la ciencia política moderna, me refiero a Nicolás Maquiavelo (1469-1527).

Republicano convencido, hombre bisagra entre la Edad Media y Moderna, separó las ideas religiosas de la política y la ética.  Se le conoce más por su obra El Príncipe (1532), aunque su principal trabajo es Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1531). Su material lo extrajo como resultado del estudio de la vida de hombres del pasado que él definió como “virtuosos”.

El Príncipe es una obra de coyuntura; Italia vivía dividida en distintos reinos, lo cual la hacía vulnerable a una posible invasión externa. Este republicano aconseja a un príncipe la unidad como medio para la paz; además cómo acceder, mantenerse en el poder y trascender en el tiempo pues –para él− el fin sí justifica los medios.

Maquiavelo era partidario de que en tiempos de crisis, lo mejor era que todo el poder recayera en una sola persona; lo que en una república se conoce como dictadura, para que éste asegurara el orden necesario en  tiempo de excepción. Maquiavelo justificó al príncipe porque, en la crisis,  suponía que un hombre de talentos superiores, podía evitar disensos para dar paso a la unidad y que en consecuencia, se tradujera en fortaleza y paz.

Vale la pena cuestionar esto: ¿En 2018, López, recibió un país en semejante crisis? ¿Estábamos fundando un país? ¿Quién solicitó una transformación?

Regreso a Maquiavelo.

No le interesó ocuparse de las monarquías o principados hereditarios, donde la ley es de un solo hombre y su legitimidad reside en dios, pues fue éste quien lo eligió. En estos sistemas es el rey quien hereda el poder por medio de la sucesión. Maquiavelo dedicó sus estudios en esos regímenes adquiridos. Sugirió que lo ideal sea el régimen republicano donde la forma superior de gobernar está basada en la libertad,  las instituciones y además el gobernante debe de construir su propia legitimidad, algo profano para su tiempo.

Si dios desapareció, ¿Quién gobierna? Para legitimar su poder, aporta una serie de reflexiones, aplicables para cualquier época. Citaré solo algunas:

1) La virtud y prudencia. El gobernante debe de ser virtuoso y prudente. En política, la virtud es política y no moral. El político debe de poseer la virtú para ser oportuno en su acceso al poder y mantenerse.

Hago un paréntesis necesario. He leído a algunos especialistas afirmar que López de haber ganado en 2006 (de haber porque no ganó, la patraña fundacional de su movimiento es el supuesto fraude electoral que jamás ha comprobado) pudo ser un buen presidente. El que suscribe, opina lo contrario. Hay árboles que nacen torcidos y que jamás un tronco enderezan. Estamos ante un ejemplo de esos que reza la sabiduría popular.

Continúo con Maquiavelo.

Si bien hay cosas que no se pueden controlar (ya no es destino divino sino algo más secular,  la fortuna o el azar);  la astucia, inteligencia y prudencia del político, lo ayudan a anticiparse a los problemas, para que no todo quede al “destino divino”; él es el forjador de su destino. El político debe parecer, aunque no sea. No tiene por qué ser un hombre de bien, pero sí debe parecerlo (evitando escándalos como el de la dichosa Casa Gris ).

El gobernante debe de ser prudente y controlar lo que esté a su alcance, dicho en términos contemporáneos, contar con un plan estratégico.

2) Ciudad, pueblo y los grandes. Maquiavelo, separó al pueblo de lo que llamó los grandes o nobleza. Para él, cada grupo tenía una concepción distinta de la libertad. El primero concibe la libertad como el no ser dominado ni oprimido por los grandes, quiere ser gobernado políticamente no de forma despótica. El segundo, concibe la libertad como la capacidad de dominar y someter al pueblo.

Para el gobernante, el ejercicio de su libertad choca por naturaleza con la libertad de los grandes; con el pueblo no hay tal colisión, pues éste aspira a que no lo agobien. El gobernante debe ser capaz de utilizar en su favor a estos dos grupos para poder hallar un equilibrio que le permita mantenerse en el poder.

3) El gobernante debe ser temido pero jamás odiado. El monopolio de la violencia lo tiene el Estado. Todo buen gobernante debe de mantener un equilibrio entre la coerción y el consenso pues la violencia es un medio por el cual se muestra el poder. Si bien la violencia tiene una función y coadyuva a gobernar para mantener el orden, la violencia no puede ser el medio constante ni el único modo de gobierno.

Maquiavelo sugería que al principio, el gobernante o príncipe que ha asumido un principado,  debía ejercer toda la violencia necesaria hasta aniquilar a los grandes, pues son un riesgo permanente. Además, los grandes son los que tienen el recuerdo de la autoridad, poder y privilegios de los que algún día  gozaron y lucharán por no perderlos o recuperarlos. Por eso señaló que lo más difícil de gobernar es una república donde predomina la libertad. A ésta hay que gobernarla con la astucia de un zorro.

Advirtió que por todos los medios posibles, quien gobierne debe evitar ser odiado hasta no ser respetado. Lo que funda el respeto es el temor. El temor es un miedo regulado en la memoria por la capacidad de ejercer la violencia cuando accedió al poder. Pero el temor no tiene que rebasar el límite del odio; este es un deseo destructivo del otro. Dicho de otro modo: Si siembras vientos, cosecharás tempestades.

El temor no es amor, es mucho mejor que el pueblo te tema a que te ame; toda vez que el pueblo puede cambiar muy pronto de opinión. El giro de 180 grados es fatal para quien alguna vez fue amado. ¿Recuerda usted el ocaso de Mussolini?

Si el gobernante se vuelve odiado, no va a ser respetado y en consecuencia lo van a querer destruir. Además el temor, habilita la gloria −ese gran deseo por trascender de los políticos−, se recuerda a los capaces con autoridad, se abomina a quien se odió, castigándolos con su olvido.

Si bien, López Obrador es popular, su gobierno está reprobado en todo. La contradicción tiene explicación. Mucho ha tenido que ver la repartición de dinero en directo; desplegados como ejército clientelar a lo largo y ancho del país, el trabajo de campo de los más de 20000 siervos de la nación. Súmele la propaganda replegada en los medios de comunicación oficiales que han sido tomados desde el principio de la gestión para robustecer el lazo sentimental entre el “mesías” y su pueblo.

Y para rematar, ¿recuerda usted quién dijo que la pandemia le había caído como anillo al dedo? Extienda como acordeón y articule este panorama y se dará cuenta el porqué, López Obrador es en este momento muy popular.

En política nada es para siempre.  Aquí aporto otro dato. A finales de1993, Salinas de Gortari era un mandatario muy popular. Contaba ya con candidato oficial y aspiraba a presidir la Organización Mundial del Comercio. Pero llegó su último año de gobierno. Como castillo de naipes, 1994 fue el año donde todo se vino al traste. La devaluación de 1995 se adjudicó al “redentor” de la época. El escarnio social se desató, pasó a ser el “innombrable”.

Fue tal la abominación que ese tiempo aciago lo fue también para la gente calva que era asociada con el salinismo.  Quien no recuerda la canción que compuso Alex Lora: Que regrese Salinas. ¿Alguien recuerda hoy con entusiasmo a CSG? ¿Recuerda cómo lo han negado decenas de sus compinches?

Este régimen populista no tiene futuro. Por una razón más: nada que se sustente en el engaño es para siempre. Tarde que temprano lo que se ejecuta basado en la farsa, es frágil y se hace añicos.

Que López haya destapado con anticipación la sucesión presidencial, es una evidencia más que al estrellar con la caprichosa realidad, después de junio de 2021, leyó que no le alcanza legalmente para extender su mandato. Pero también va de bandazo en bandazo; es decir, nunca tuvo un plan estratégico, todo al chilazo, pues. Jugó sus cartas con lo que él llamó “corcholatas”.

Anticipo que ese jueguito perverso le explotará en la cara, pues abrirá otro frente al interior de su “movimiento”, por esta lógica: está rodeado de ineptos serviles, sedientos de poder. Cuestión de quitarles el bozal.   .

López renunció a la función más elemental del Estado que es otorgar seguridad a sus gobernados para refugiarse con sus lentes de realidad virtual en la indolencia y la fantasía. Prefirió consentir al crimen organizado y abandonar a su suerte a la ciudadanía. Diario abre nuevas arenas de lucha este presidente pendenciero y atiza hasta sacar chispas, con secadora en mano el fogón de la polarización.

Muchos opositores llegan a decir que actúa de forma maquiavélica. Lo dudo. Más bien, cuando uno revisa su historial académico, se explica el porqué tardó catorce años en terminar su licenciatura en ciencias políticas y administración pública. Seguro que si leyó a Maquiavelo, no lo entendió. Hizo lo contrario a lo que sugirió en El Príncipe. Provocó ser amado por algunos, odiado por muchos y nada respetado por la mayoría.

En su jubilación es un condenado al olvido.

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