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Por Nakachi

Con cariño para el árbitro FIFA Luis Enrique Santander

Chacón

Con todo y las dificultades propias del trabajo, esa tarde regresaba de Querétaro e iba camino a Irapuato con ilusión de regresar a casa, venía satisfecho disfrutando del viaje. Traía ansiedad de llegar y así abrazar a mi hija y ser apapachado por mi esposa.

Cuando reaccioné, ya había entrado a Irapuato, nos perfilábamos por el bulevar Díaz Ordaz, estábamos por entrar a la terminal de Autobuses. En un abrir y cerrar de ojos la unidad se detuvo, habíamos llegado. Caminé para bajar de la unidad. “¡Muchas gracias!” –le exclamé al chofer. “Para servirle, señor” –me respondió sonriente el conductor.

En el pasillo gris rumbo a la salida, me recibió ese caos propio de un fin de semana en una central de autobuses. Percibí en los transeúntes mi misma ansiedad por llegar a su destino. Caminaba por el andador buscando la salida.

Fue cuando surgido de la nada se apareció él: “¡Santiago Chacón Ramos!”. Aquí tenía grabado su nombre como si la venganza me lo hubiera tatuado en la memoria. Por su boina y su uniforme color gris, deduje que era boletero. Sin pensarla más, me abalancé sobre él. Estaba tan metido en su chamba contando boletos, que no se percató de mi presencia. Cuando lo tuve a un metro de mí a bocajarro exclamé:

−¡Santiago Chacón!

–Sí señor, dígame… –respondió alzando la mirada−. Su solo timbre de voz fue como si me prendiera una mecha interna y sin más le estrellé un puñetazo en el mentón. En cámara lenta su cuerpo se desvaneció por la pared.

Esos instantes se volvieron una degustación de venganza, los disfruté tal banquete exótico. Me mordí la comisura de los labios como indicando mi saciedad. La adrenalina recorrió todo mi cuerpo y encendió una furia reprimida durante mucho tiempo.

Desparramado en el piso y con las piernas hacia arriba, Chacón estaba desconcertado, no supo ni quién le había dado semejante madrazo. Quitándose la sangre de la boca con su antebrazo, volteó a verme sorprendido:

–¡Qué le pasa señor, ora´ qué le hice?

–¿Ya viste cómo la vida da vueltas! ¡Ya estamos a mano cabrón! Ahora el que está trabajando eres tú… ¡Anda te doy chance de que te levantes! –le indiqué con mi mano y grité envalentonado−. Obvio, en el lugar se creó un alboroto que atrajo las miradas morbosas de la concurrencia. Uno de los diableros intercedió y me espetó:

–¡Cálmate pinche loco qué te pasa?

–No me pasa nada… pero ya me la debía este ojete.

Chacón, dubitativo alcanzó a decir: “No sé quién seas, pero te aprovechas porque estoy trabajando.”

De pronto, ya tenía frente de mí a tres policías quienes con actitud justiciera no disimularon que venían tras de mí.

–Nos va a tener que acompañar señor –indicó el policía.

–Claro, no tengo problema, pero este señor y yo teníamos un pendiente.

–¡Pues eso va a tener que explicarle a la autoridad! –asestó otro de los guardias.

Las miradas de la gente provocaron que poco a poco me fuera regresando la calma hasta sentir vergüenza de estar en esa circunstancia. La adrenalina se fue volviendo recuerdo; éste comenzó a emanar a borbotones. Entre el mar de evocación, atrapé el de mi amigo y árbitro Germán Sandre, que repetidas veces me decía: “En el  fútbol siempre hay revanchas, no lo olvides…”

“¡Árbitro, la porra te saluda: chingas a tu madre!”, escuché a lo lejos tan cordial saludo. Me habían designado un partido de la liga “Irapuatense de Veteranos” en la Unidad Deportiva Norte.

Sabía que debía estar concentrado, el jefe de árbitros me había dado la instrucción de conciliar: “Profesor, ponte al tiro, vas a llevar al Transportes Tres Guerras, es el equipo donde juega el presidente de la Liga y se ha quejado de los árbitros… No te pido que lo ayudes pero concéntrate, al final ellos nos están dando trabajo.”

Dentro de las acciones del juego me topé con la desaprobación de uno de los jugadores. En consecuencia, lo amonesté. Erguido con autoridad dentro del terreno de juego, fue cuando sentí una voz atrasito de mí: “No te cagues pinche árbitro, ya bájale de huevos”.

Cuando reaccioné, ya se había esfumado para perderse entre el resto de los jugadores. Conforme fue caminando el tiempo, ese jugador seguía de latoso dentro de la cancha. En realidad se trataba del líder, era el diez del equipo,  todos lo obedecían y jugaban para él: “Chacón esto… Pásala Chacón; Chacón lo otro…”

Inocente, busqué “dominar” a ese jugador mal portado. La misma acción del partido nos hizo coincidir, a botepronto quise halagarlo: “¡Caray mi Chacón, eres un auténtico líder de tu equipo…!” Su respuesta me dejó helado: “¡No mames puto árbitro, déjate de mamadas, conmigo no vengas de arrastrado!

No pasó mucho tiempo que volví a coincidir con Chacón en un partido de fútbol, ahora en las canchas del Dinamo Sport. Sólo que esa ocasión hubo un accidente que marcó nuestro rechazo mutuo. Casi para terminar el partido, buscando posicionarme iba corriendo de espaldas, sin intención pisé a Chacón.

Le ofrecí una disculpa pero ni me respondió, comenzó a quejarse, y después se echó al suelo como queriendo imitar el espectáculo del brasileño Neymar.

–¡No mames profe., por qué pisaste a Chacón! –me cuestionó amenazante un jugador de su equipo.

–Te juro que fue accidental, jamás lo vi.

Cuando se reinició el partido, Chacón no perdió oportunidad de desafiarme:

–¿A poco si muchos pinches huevos, árbitro? ¿Crees que no me di cuenta que lo hiciste a propósito?

–Pues no muchos huevos, sólo dos pero bien puestos… Por cierto, bien grandotes –le contesté ya de plano con desparpajo, en eso le hice una señal con la mano en mi parte viril−.

–¡Ay, ay, ay, neta! ¿Todavía te vas a poner pendejo? –respondió−. Pero fue más allá. Si es cierto ahorita que acabe el partido enséñame que tienes muchos huevos. –Cuando gustes –le espeté−.

Cuando terminó el juego me fui para mi lugar. Comencé a cambiarme, cuando volteé, hay venía Chacón hacia mí, con una actitud de pocos amigos. Resolví encararlo y de a como nos tocara. Atrás de él venía su hijo, pareciera que el papá era él y no Chacón, cuando lo alcanzó lo reprendió:

−¡Vámonos viejo! ¿Qué te metes con el señor? Él viene a trabajar, siempre haces lo mismo, ¡carajo!

–¡Dame chance, hijo! Deja le parto la madre a este pinche árbitro que se siente muy valiente el puto.

Por fin se lo llevó y ahí quedó la cosa.

Pasado el tiempo, ese domingo me hallaba en el campo de la Unidad Deportiva de Silao. Todo pintaba como una jornada ordinaria. Me habían designado a un juego de la liga de veteranos. A lo lejos escuché que en el medio campo alguien me gritaba: “¡Fiu, fiu, fiu, ey profe! Vamos a terminar de completar el equipo.

No tiene registro pero tenemos permiso de la Liga”. Detuve las acciones del partido para seguir el respectivo procedimiento. Entró el jugador, me dio un papel con su nombre, ni siquiera lo había visto a él, cuando comenzaba a leerlo, él se adelantó: “Santiago Chacón Ramos” y esbozó una sonrisa siniestra: “A la orden, profe.”

El partido siguió su cauce natural. Fue el miedo el que me llevó a imponer mi autoridad con Chacón, a la primera oportunidad le mostré la tarjeta preventiva:

–Ya vas a comenzar a chingar puto árbitro de mierda –me susurró  sin que nadie lo viera−. Cualquier recurso arbitral, me resultó insuficiente en ese momento. Cuando terminó el primer tiempo, el equipo de Chacón estaba siendo apabullado por seis a uno y obvio, comenzó a culparme de su mal desempeño.

–¿No te digo, árbitro? Siempre te cagas, ya deberías de irte a una escuela donde te enseñen a arbitrear.

–¡Arbitrar sí sé! Ah… Y también sé meter goles, si gustas un día te enseño –le contesté con ironía−. Me urgía hacer una llamada a casa, caminé a la parte del medio campo donde había dejado mi maleta. No me había percatado que alguien venía tras de mí. Era él. Volteé y nos vimos de frente, en ese momento ya tenía el auricular en la oreja.

–¿Qué a poco crees que me intimidas? ¡A quién le llames y tú pinche pitapartidos! Colgué el teléfono y refuté:

–¡No mames, Chacón! ¿Qué pretendes?, lo cuestioné. Ya no me contesto y se retiró.

Después de dar el silbatazo para comenzar el tiempo complementario, busqué al capitán del equipo:

–Señor, ¿usted es el capitán? Quiero avisarle que no voy a continuar el segundo tiempo, si no me excluye a ese jugador.

Dando muestra de sorpresa me respondió:

–¡Ah caramba! ¿Y eso mi profe? ¿Cuál jugador? ¿Chacón?

–Ese mero. Sáquelo. Le doy chance de que lo cambie por otro jugador pero si él entra, yo me voy.

–¿Pues qué hizo mi profe?

–No se ha cansado de insultarme, de confrontarme, de desaprobar mis decisiones… ¿Se te hace poco?

–… ¡No me chingues, profe! Ese jugador es una talacha, nos lo recomendaron y hasta por adelantado le pagamos. ¿No hay forma de arreglarnos?

–No, sácalo.

En eso se iba acercando, Chacón. El capitán le dio el anuncio:

–¡No mames Chacón! Dice el profesor que no te expulsa pero que entré otro en tu lugar, que porque estás chingue y chingue.

Me di cuenta que ahora la rebatinga fue entre ellos. Uno explicando, el otro justificándose. En el río revuelto, uno de sus compinches de Chacón se abalanzó sobre mí:

–¡Ahora que son esas pinches mamadas árbitro? ¡No te cagues! –me increpó en tono amenazante–. Al darle la espalda a Chacón, no me di cuenta cómo fue que se le escurrió a su capitán y se dirigió sobre mí. Aprovechó que estaba en plena discusión con su compinche… Lo alcancé a ver de reojo, sin decir agua va, me recetó un derechazo en mi mentón.

En un instante sentí como si una fuerza invisible me apareciera de la nada para aventarme como una pluma al suelo. Todo fue tan rápido que cuando reaccioné, ya había corrido a escudarse con todo sus compañeros para mofarse todos.

Su comparsa aún me reprendió:

–¿Ya ves lo que te ganas por pinche gallito?

Verme entre las manos de los policías no fue agradable, sólo me confortó muchísimo saber que al menos ya estábamos a mano. Venía pensando en las proféticas palabras de Germán Sandre. Pensé en mi interior: “¡Carajo, pinche Germán!, siempre se cumplen sus pronósticos…

–Y a todo esto, ¿por qué le pegó al señor, mi jefe? –interrumpió mis recuerdos uno de los policías.

–Oficial, es una larga historia…

–Pues le diré que aquí todo mundo le trae ganas, pero a muchos tiene amedrentados –volvió a interrumpir otro policía–. Nadie le ha puesto un hasta aquí. He sabido que pide prestado y no paga; debe por aquí, debe por allá. El otro día le tumbó su chava a un chofer del Primera Plus y pobre cuate, estaba bien ilusionado, se iban a casar. –¡Es un gandalla el güey ese…! –volvió a interrumpir el primero de los policías–. Fue cuando intercedió el oficial con mayor autoridad:

–Por eso ahorita que vimos el relajo, nos íbamos a hacer de la vista gorda, pero ya ve, tiene uno que simular que trabaja, pero algo sí tengo que reclamarle: ¿Por qué solo un madrazo? ¡Le hubiera puesto bien en su pinche madre! Cuando lo tenía en el piso, ¿a poco no vio que estábamos haciéndole señas con el pie que lo rematara?

Y concluyó de forma expiatoria: “Mi jefe, ya no le hacemos perder más el tiempo, ande váyase a su casa, seguro ya lo están esperando”.

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