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viernes, mayo 24, 2024
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LA MUERTE DE RAFAEL CAUDURO Y FEDERICO SILVA

LA MUERTE HA GOLPEADO DURO A LAS ARTES VISUALES 

CULTURA SOBRE RUEDAS

CULTURA SOBRE RUEDAS

La muerte de Rafael Cauduro y Federico Silva: entre el riesgo y la rebeldía de hacer arte

En días recientes la muerte ha golpeado duro a las artes visuales de México: el último día de noviembre se anunciaba a primera ahora la muerte del escultor Federico Silva; la noche del sábado 3 de diciembre la del pintor Rafael Cauduro.

Ambos tremendos artistas que dejaron en nuestro país y el mundo, un legado fundamental para entender el arte actual y su diversidad en formas y estilos, y como testimonio de que  lo mejor de este país sigue siendo su enorme cultura y sus creadores contemporáneos.

Federico Silva

LA MUERTE DE RAFAEL CAUDURO Y FEDERICO SILVA
FEDERICO SILVA

El 30 de noviembre la prensa cultural estaba citada a las 10 de la mañana para recorrer la exposición  Federico Silva, lucha y fraternidad. El triunfo de la rebeldía, que sería inaugurada el 1 de diciembre en el Museo del Palacio de Bellas Artes con la presencia del escultor.

La madrugada del miércoles Federico Silva murió a los 99 años de edad. Ese mismo día, justo a las 19 horas en las que sería inaugurada su exposición, el Palacio recibió el féretro del maestro Silva para rendirle un homenaje póstumo.

Como un acto de rebeldía fue tomada la muerte del escultor, también pintor y muralista, el mismo día que inauguraría en el máximo recinto cultural del país una muestra  retrospectiva que busca homenajear su trayectoria en la antesala al centenario de su nacimiento, a partir de la revisión histórica de su obra producida a lo largo de ocho décadas.

A sus 99 años era asombrosa la claridad que Silva tenía para definir su experiencia sensible de artista que debía ser con la sociedad, no con un gobierno ni con una organización: “La única forma de hacer arte es buscar el riesgo.

La forma de continuar y reafirmar la vocación es vincularse con la sociedad en movimiento, con la preocupación de enterarse porqué se producen los cambios: el artista es la parte sensible y activa de lo que se está viviendo, la sociedad es el alma y el artista debe establecer vínculos con la sociedad, de otro modo estará vacío”, reitero hace menos de un año en una entrevista con Canal 14.

Federico Silva nació el 16 de septiembre de 1923 en la Ciudad de México. Desde niño le interesó el dibujo, de manera autodidacta aprendió las técnicas de encáustica, frescos y temple en los libros.  Realizó estudios de medicina, veterinaria, derecho y antropología.

Conoció a David Alfaro Siqueiros y el artista lo invitó a ser su ayudante; uno de los primeros trabajos en que colaboró con Siqueiros, fue el mural Nueva Democracia, que se encuentra en el Palacio de Bellas Artes.

Se vinculó con la izquierda de entonces, una generación histórica que creía en la clase obrera al lado de Lombardo Toledano que soñaban con la idea de que podía construirse un país mejor. Por esa época, presentó su primera exposición de pintura.

En la biografía sobre su vida que está en la web del Museo que lleva su nombre —que se encuentra en el Centro Histórico de San Luis Potosí— se precisa que Viajó a Europa poco después de iniciada la posguerra y estuvo principalmente en Austria e Italia; de regreso a México, se dedicó a la organización del Primer Salón de Pintura del Instituto Nacional de Bellas Artes.

A partir de 1950, empezó a pintar murales, primero en el edificio del Instituto de Capacitación de la Secretaría de Educación Pública y después en el Instituto Politécnico Nacional, el mural titulado la Técnica al Servicio del País.

En 1962 presentó una exposición en la Universidad Obrera, en la que reunió obras de ocho años de trabajo de carácter crítico-político.

Después pasó a la escultura y el arte cinético —una corriente de arte en que las obras tienen movimiento o parecen tenerlo, por lo que suelen interactuar con elementos «exteriores» como pueden ser el viento o el agua— en los que experimenta y realiza objetos “solares” con prismas, lentes de fresnel, espejos, imanes, rayos láser y diferentes cuerpos suspendidos en el espacio.

Fue un hombre de convicciones ideológicas que están presentes en su extensa producción que comprende la escultura, la pintura de caballete y mural, incursiona más tarde en la gráfica digital. En 1950 ejecutó su primer mural con formas apegadas al realismo naturalista, estilo que más tarde abandonó.

Su cambio del muralismo figurativo a la escultura abstracta, dijo, fue inevitable, las cosas van sucediendo y no se puede hacer toda la vida una sola cosa “el geometrismo es un paso adelante un lado de la abstracción pero no hay choque; el fenómeno constantes para el artista es el cambio”.

En 1981 al realizar los murales de la facultad de ingeniería de la UNAM, recurrió a una expresión geométrica-abstracta que utilizaría de nueva cuenta en los murales de la capilla de la exhacienda de San Andrés Tectipan en el Estado de México.

Estas obras vinieron a constituir algo así como el antecedente de los murales de la cueva de Huites, un largo túnel perforado en una de las montañas de la Sierra Madre Occidental, como parte de los trabajos de construcción de la presa hidroeléctrica del Río Fuerte, situado al norte del estado de Sinaloa; en 1992 inicia el proyecto y la termina en 1996, pintando más de seis mil metros cuadrados en la superficie rugosa de la roca.

Su trabajo como investigador de la Coordinación de Humanidades de la UNAM a lo largo de más de veinte años, lo ha llevado a profundizar sobre el sentido del arte y el artista en la sociedad. Producto de estas reflexiones son sus libros: El viaje del Nahual de Tonacacihuatl, 1989 o Cuadernos de Amaxac, 2006.

Promotor del ya emblemático Espacio Escultórico en Ciudad Universitaria. La historia cuenta que en 1977 diseñó el proyecto, con el apoyo del Dr. Jorge Carpizo, coordinador de Humanidades de la Universidad. Fue Silva el orquestador, propuso que hicieran obra insólita en términos interdisciplinarios.

En ella participarían ecólogos, biólogos, escultores, arquitectos. Se trataba de una escultura monumental colectiva en la que participaron Helen Escobedo, que era la directora general de Artes Plásticas; Mathias Goeritz, profesor de la Facultad de Arquitectura; Sebastián y Hersúa, maestros de dibujo auxiliares en la Facultad de Arquitectura; Manuel Felguérez, y el Federico Silva. Así nació el Espacio Escultórico.

“Nadie recibió dinero extra de su salario, era una obra regalada, con material del lugar. No existe en el mundo un espacio así, tiene una escala perfecta. Se convirtió en un centro ceremonial donde está resumida, en un lenguaje contemporáneo, una voz antigua de nuestra cultura.

De verdad dan ganas de atribuírsela, pero no está bien, es como las pirámides, no están firmadas”, recordó en una entrevista realizada hace años en La Gaceta de la UNAM.

A partir de 1985 estableció su taller en Amaxac de Guerrero, Tlaxcala, transformando la ex fábrica de hilo la Estrella en una factoría de obras de arte, utilizando los más variados materiales de la región proporcionando una renovada presencia de la escultura en el arte mexicano.

Ingresó a la Academia de Artes el 8 de julio de 1993. En 1995, recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes. En 1993, es nombrado Creador Emérito del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En 2010, las Universidades de San Luis Potosí y la UNAM  le otorgaron el Doctorado Honoris Causa.

En noviembre de 2016 recibió la Medalla de Bellas Artes. Apenas el pasado 8 de noviembre fue nombrado como creador emérito en el arte contemporáneo nacional por el Congreso Local de Tlaxcala a propuesta de la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología.

Su obra escultórica más importante se encuentra en Ciudad Universitaria, y a lo largo de su trayectoria realizó  más de media centena de exposiciones individuales y otras tantas colectivas, conservándose una cuantiosa obra pública en Baja California, Ciudad de México, Tlaxcala, en Kingston, Jamaica; en Washington, EUA; Tokio, Japón; Estocolmo, Suecia; Ciudad Real la Mancha en España; Ville de Pathenay en Francia. Su trabajo lo realiza en madera, aluminio, acero, cemento, fierro y piedra.

Algunas de sus más hermosas obras son: Ocho Conejo o “el chapulín” (1980, piedra volcánica. Sendero Escultórico, UNAM, CDMX); Aluxe de la Muerte (Plaza de las Tres Culturas, CDMX); La Muerte Presente (1988, concreto armado. MUAC, CDMX) y Serpientes del Pedregal (1986, piedra volcánica. Sendero escultórico, UNAM, Ciudad de México)

Rafael Cauduro

 LA MUERTE DE RAFAEL CAUDURO Y FEDERICO SILVA
Rafael Cauduro

Desde hace unos ocho años una enfermedad sin diagnóstico le afectó el habla y le impedía sostener una conversación fluida, aunque su mente y memoria permanecían intactas, murió a los 72 años con una obra sólida de enorme fuerza como los murales que realizó para Un clamor por la justicia.

Siete crímenes mayores, que ocupa tres pisos del edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se trata de una impecable visión crítica de la justicia en México. “La justicia existe, porque existen los crímenes”.

No sabía con exactitud cuál de los crímenes era el peor “todos son horrendos, decía, pero quizá el más simbólico sea los procesos viciados, la materia de los juzgadores, por eso hice la imagen de los archiveros con rostro humano, en cada expediente hay una persona humana, esos papeles son almas en espera, un drama que está en cada página que será un destino, y eso lo deben recordar todos los que se dediquen a la justicia”.

El tema de la injusticia se quedó permanente en su pintura.

En la madrugada del 3 de diciembre fue precisamente el ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN)  Arturo Zaldívar, quien en su cuenta de twitter, daba a conocer la muerte de uno de los artistas visuales más importantes de México: «Lamento profundamente el fallecimiento del gran Rafael Cauduro.

Una enorme pérdida para el arte de México. Su mural en la SCJN será un grito permanente en contra de las injusticias. Mi pésame y un abrazo solidario para Liliana, Elena y Juliana. Descanse en paz»

Rafael Cauduro nació en la capital de México el 18 de abril de 1950, perteneció a una familia de seis hermanos. Su padre era fanático del renacimiento italiano, tenia muchos libros y le heredo ese gusto.

Helena, su madre, era cantante de ópera. Con mucha distancia entre las edades de cada uno, se acostumbró a jugar solo y pasaba muchas horas dibujando sin sentir, desde entonces, ninguna atracción por la escuela y padecía déficit de atención.

En un minucioso estudio biográfico publicado en la Jornada, se precisa que el talento y las horas de práctica lo convirtieron en un gran dibujante. Tuvo una influencia para perfeccionarse: las obras ilustradas de La divina comedia con trabajo del artista Doré, lo que lo aproximó a un elemento fundamental de su obra: el erotismo.

Discípulo de los jesuitas, sigue las humanidades y las artes; pero se vio obligado por su padre a estudiar la licenciatura en arquitectura y diseño industrial en la Ibero, estudios que abandonó a la muerte de su progenitor.

En ese momento que decide ser artistas, artista autodidacta, independiente, encuentra su camino aparte, su propio estilo y se mudó a Cuernavaca, Morelos

Cauduro exploró en la experimentación de materiales para su obra una necesidad de investigación, paso del dibujo a las primeras pinturas con aplicaciones de cera, a saber cómo lidiar con acrilatos o pigmentos sólidos, impermeabilizantes y otros materiales utilizados en la construcción.

El estudio del arte clásico fue un paso importante, tanto como lo fue el paso posterior: el aprecio del arte comercial, el de la publicidad, el arte gráfico, el graffiti y, particularmente, el cómic.

Encontró su propia voz en las condiciones icónicas de los mensajes en los carteles publicitarios, los anuncios de rock, los vidrios rotos, las paredes que pierden segmentos de pintura; el vidrio para semejar el mármol fragmentado, los usos del color en los múltiples tipos de pigmentación, orientaciones de la luz para definir matices que emulan efigies de fervor religioso, los personajes como espíritus emergidos de las historias que los objetos podrían contar, en ocasiones como trazos perfectos, en otras como los estudios de borradores con materiales corrosivos, delineados en la idea de la perpetuidad que no llega; la madera despostillada era un lienzo, como los hierros oxidados de los vagones de tren, las fachadas viejas, los pizarrones, las telas o los azulejos partidos de los que surgen figuras de alguna memoria inaprensible, quizá sólo visible en la imaginación de Cauduro.

Se interesó por los objetos y su relación con el ser humano a través del concepto del deterioro. “Los seres se van y las cosas permanecen” afirmaba. Construcciones y objetos abandonados alcanzaron otra significación en sus manos, con nuevos habitantes.

Grietas, yerbas o pinturas escurridas dan otro rostro a una casa, donde también están los fantasmas en el devenir del tiempo. La mujer que se recuerda sigue en una pared, capturada en el recuerdo que parece vivo.

Hizo piezas donde combinó el arte clásico barroco con la modernidad en un estilo propio.

Su primera exhibición fue en 1976 en la Casa del Lago. En 1995 inauguró su más importante exposición en el Museo del Palacio de Bellas Artes, donde se mostró la obra de un artista con un estilo ya maduro.

Aunque la crítica de arte Raquel Tibol lo llamó hiperrealista, a Cauduro no le gustaba el término porque veía más su trabajo como una realidad y una ficción que conviven, en una especie de realismo mágico.

Cuando representa a una figura humana en una de sus obras, no implica que sea la realidad, sino la huella, un  fantasma que pudo haber quedado en ese momento. “Si acaso, es una mentira bien dicha, pero no tiene nada de realidad.”

El deterioro tiene un sentido de permanencia. Uno envejece, muere y el objeto puede seguir igual 200 años después, lleno de capítulos que una pintura puede captar. Algo nuevo es inerte, conforme se oxida se mancha, se humedece, entonces vive, tiene una historia qué contar, y le nace musgo, hongos, flores; experimenta su regreso a la naturaleza, poniendo en orden lo que las personas violentan.

En su obra los seres humanos se integran con lo que las cosas son. De repente hay figuras que se vuelven parte de las paredes, de las maderas, de los muebles… Los seres humanos vamos de la vida a la muerte y los objetos van de la muerte a la vida. El camino de las personas y los objetos van en un camino opuesto, como afirma el artista.

“Hay una paradoja ahí: nosotros nacemos vivos y cada día nos estamos muriendo; los objetos nacen muertos y ese deterioro es la vida de los objetos”. Lo que pinta no son seres de carne y hueso, sino seres huellas, las huellas del tiempo de lo que va sucediendo y vestigio de una vida. Seres que existieron en algún momento.

En su obra también son importantes como los cráneos de evocación prehispánica, los “altares celebratorios” del tzompantli .

Su exposición De ángeles, calvarios y calaveras, tuvo gran éxito en el Palacio de Bellas Artes en 1995, puso en su sitio la estatura de su arte con la atención de la crítica y el conocimiento de un público nuevo que abrazó para siempre el conjunto de su obra. Ésta ha andado el mundo.

En una entrevista su ex esposa, con la que tuvo dos hijas, que continuó siendo su representante hasta el final de su vida contó que Cauduro era tan obsesivo con cada obra que pinta, que por la noches pedía que llevaran a su cuarto el cuadro que estaba pintando y se dormía viendo la obra, soñaba con ella, y durante la noche, en el sueño, el cuadro conversaba con él y le decía que debía continuar pintando.

Su obra es una constante oportunidad de un nuevo e inquietante asombro con su propia poética. Cauduro es el autor del mural del Metro Insurgentes, titulado Escenarios subterráneos, de los metros de Londres y París; así como del mural titulado El Condominio, ubicado en Avenida Veracruz en la Colonia Roma.

Este año, la editorial Trilce publicó un libro que reúne más de 400 obras, bocetos y anotaciones inéditas que permiten entender cómo creaba el pintor.

También se organizó la exposición “Un Cauduro es un Cauduro, (es un Cauduro)” en el Colegio de San Ildefonso, que celebró los 50 años de trayectoria artística y que se exhibió de febrero a junio del 2022 “con más 156 obras de uno de los grandes muralistas contemporáneos”. Una muestra a la que el artista no asistió por motivos de salud.

Este lunes 5 de diciembre a las 17:00 horas, recibirá un homenaje póstumo en el Palacio de Bellas Artes.

https://twitter.com/JtPilar

https://twitter.com/culturaenbici

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