LOGO NAKACHI

Por Nakachi

El Xoloitzcuintle y yo

PLUMA LIBRE

Cuando Sara y yo éramos novios, siempre estaba inquieta por su perro. Pobre la veía tan desprotegida que llegué a sentir pena por ella. Solo tenía en este atribulado mundo a su perro. Lo quería a tal extremo que hubo veces que me canceló citas por llevar al veterinario a Andrés –así se llama–.

El amor de novios es cándido y así la acepté. Cuando nos veíamos, el animal permanecía inerte, nunca le oí siquiera gañir; es más, lo veía tan quietecito. Pero todo cambió. Más cuando incapaz de seguir las normas convencionales, me la robé para irnos a vivir juntos.

–Sí me voy contigo, pero con él –asestó ella. No tuve opción y nos fuimos a vivir los tres.

Ya juntos resultó un animal asqueroso. Lo odiaba. Me amargaba la vida. Era un xoloitzcuintle: sin pelo, negro azabache, cara de rata, con un mechón colorado y un hocico chimuelo, cuando esbozaba parecía una rata gigante. Era tan huraño que en todo momento estaba pendiente de ella.

Sara lo adoraba. Jamás se lo dije, pero yo lo odiaba en silencio.

No estoy seguro, pero su dependencia al perro obedecía a que cuando se quedó huérfana le había hecho mucha compañía. Supe que tanto tiempo pasaron juntos que hasta aprendió a entrenarlo. Canijo perro, todo lo que le enseñaban lo aprendía con rapidez. No creo en esas cosas pero el perro hasta demostraba que era inteligente.

Entre lo mucho que aprendió el perro fue a llamarla por su nombre. Es verdad, no es broma. El animal podía producir  un sonido cavernoso, sibilante, en dos tiempos, que sonaba más o menos así:

–Sa…ra…

Arrodillada le acariciaba la cabeza y le hablaba. El perro como si entendiera la miraba con ojos apachurrados y decía:

–Sa…ra…

Cuando observaba esto, me daba harto miedo. Era un perro realmente siniestro. Lo que más me incomodaba era que como el departamento era muy pequeño, el perro vivía y dormía con nosotros. Cuando intentábamos hacer el amor a ella le brotaba cierto pudor que hacía que sacáramos al perro del cuarto.

Éste olía y se ponía muy inquieto. Ella se cohibía y debíamos todo en suspenso, eso hacía quedarme con las bolsas escrotales a reventar. Para mí todo era culpa de ese animal del demonio. Y es que varias veces me di cuenta que sus ojos le brillaban en la penumbra. Temía que un día me atacara.

Un día me decidí e intenté sacarlo a la calle, pero ella de inmediato se opuso, con el pretexto de que pudiera soltarse y atacar a un vecino o perderse.

Mi trato con ese perro siempre fue tenso. Nunca nos quisimos, ni él jugaba conmigo y yo le daba la vuelta, jamás le hice una sola caricia. Jugábamos a  tolerarnos, no teníamos de otra, pero sin dejar de vigilarnos.

Tenía la tarea de sacarlo por las noches cuando llegábamos de trabajar, para que se paseara y se “desestresara”, según ella. Él se limitaba a seguirme pero vigilante, como si dudara de mí. Iba siempre al alba cuidando cada movimiento mío.

Una tarde llamaron a Sara para ofrecerle un trabajo en Guadalajara que consistía en trasladarse tres meses para la construcción de un estadio de fútbol.  Era la oportunidad de su vida de poner en práctica sus conocimientos de arquitectura. No quería aceptar por miedo a tener que abandonar al perro. Como pude la anime a hacerlo.

–Yo cuidaré del perro– le ofrecí.

Para que se fuera más tranquila le dije que no estuviera triste, que lo llevaría con un amigo que tiene una perra de la misma raza. Que quizá y hasta terminaban teniendo perritos. La idea la entusiasmo. Cuando estábamos haciendo maletas el perro nos observaba inquieto.

Parecía darse cuenta de que algo extraño ocurría. Me apresuré a subirnos al taxi. Arriba del carro detecté que ahí venía, seguí escuchando los aullidos del perro durante un buen rato.

Ya en camino, Sara me hizo prometer una vez más que cuidaría del perro, que lo sacaría a pasear. Le prometí que lo primero que haría en cuanto regresara sería comprarle una buena ración de comida enlatada, de la que era su preferida y de paso hasta unos tacos de lengua, que era su platillo favorito.

Cumplí mi promesa.  Después de que la dejé en la TAP de Tijuana,  de regreso compré unas latas de comida; pasé al Taconazo Hipódromo por un especial con queso. Acto seguido, fui a Farmacias Roma para comprar unos somníferos. Cuando tuve todo el material en mis manos, llegué a casa y antes de entrar machaqué las pastillas para mezclarlas con el alimento enlatado.

Abrí la puerta con cuidado. No se oía nada. La abrí un poco más y, sin hacer ruido, me asomé. Allí estaba el animal, sobre nuestra cama, en la oscuridad con la cabeza levantada, mirándome. No sé si se dio cuenta de mis intenciones o si, se dejó llevar por su propio odio.

Lo cierto es que olí su odio amenazador, supe que iba a atacarme. Enseguida le dejé el taco especial  y la comida enlatada envenenada. Del otro lado de la puerta sentí el impacto de su cuerpo. Luego comenzó a ladrar y a aullar. Seguí del otro lado escuchándolo, hasta que poco a poco se calmó.

Me fui a dar una vuelta por la ciudad. Me perfilé a Lomas Taurinas. Toda mi vida he admirado a Colosio. Por más que le doy vueltas, no logro identificar quién pudo haberlo matado. La versión popular de que fue Salinas, no me la creo.

Me detuve un buen rato a la altura del monumento a Colosio. Imaginé cómo pudieron haberlo abandonado sus amigos y sí me pregunté por qué lo habrían asesinado como perro en esta parte del otro México, ese que millones de paisanos desconocen y que jamás conocerán, lo que es “pior”.

–Donaldo, ¡eres un pendejo! ¿Cómo fuiste capaz de abrir el hocico antes de llegar a la grande?

–Sí caray, es lo que me he lamentado todos estos años, pero ya ves, uno confía y no sabes ni quien te da la cuchillada por la espalda –me respondió el Lic. Colosio convertido en piedra–. Pero confío en que un día alguien corregirá tanta porquería en nuestra lastimada patria.

Me mataron porque supe sin querer lo que tramaban con el país. De hecho los que lo supimos, nos fueron desapareciendo de a poco.

−No seas cabrón, dime quién carajos te mandó matar…

Se hizo un silencio. Ya no contestó.

Un tanto molesto, pasé a retirarme. No sé cuánto tiempo estuve meditando. Después de unas horas, regresé a casa con un extraño sentimiento de que algún cabo suelto en mi vida debía de atar.

Todo estaba a oscuras y en silencio. Caminé con sigilo hasta la puerta. Pegué la oreja y escuché. Nada. Toqué la puerta. Nada.  Estaba muerto. Bien tieso el animal. Junto a la cama, con las patas para arriba. Tenía la lengua de fuera, la boca con espuma  y los ojos abiertos. Lo envolví en una sábana. Al cargarlo me di cuenta que pesaba muchísimo. Llamé a un taxi a la central.

Como pude lo eché en la cajuela. “Lléveme a  Lomas Taurinas, a la parte más alta”, indiqué con la autoridad de quien lo sabe todo de Tijuana.

Busqué una barranca y en el punto donde le llaman, Barranca Honda, allí lo aventé en el desfiladero para deshacerme de él. Cuando volví a casa ya comenzaba a clarear. Todo me olía a perro. Me metí a bañar y comencé a desaparecer todo para que al regreso de Sara no se diera cuenta de nada.

En la tarde  le mandé un mensaje de texto:

       –Mi amor el perro desapareció, regresé con él en la noche; temprano lo llevé al parque a jugar y tantito me metí a una tienda, ya no lo encontré… estoy preocupado por ti, sé cuánto lo quieres. Seguiré buscándolo por tierra, mar y aire…

Sara se enojó. Ese día guardó un silencio que me inquietó mucho. La conozco y sabía que en cualquier momento regresaría desde Guadalajara para buscar al animal. Ni modo, tenía que apechugar y enfrentarla.

Así sucedió. Dejó su trabajo para ir a buscarlo.

–¡No me hagas esto por favor!, ese perro lo es todo para mí –me increpó Sara cuando intenté justificar cómo se había perdido.

–Todo por hacerte caso, no debí haber ido a ese trabajo, pero sí fui porque no quiero volver a sufrir hambre ni padecer frío,  ni que el perro siga comiendo croquetas similares  ¿o crees que no me di cuenta de tus negras intenciones? Tú jamás quisiste al perro, siempre con tus estúpidos celos.

Sara estaba de verdad tocada por la ira. Jamás la había visto tan fuera de sí. Como decidida a revelar su verdad para que al concluir el perro reapareciera en escena. No la interrumpí:

−Cuando la devaluación del 94, mi padre no se quiso ir con el presidente Salinas al exilio en Irlanda. No confiaba en los salinistas,  y prefirió quedarse. Decía que todo iba a pasar que era cuestión de ser paciente, que Zedillo le perdonaría su fidelidad a Salinas. Pero no fue así. Padecimos penurias, pero en sus brazos soñaba que soñaba que todo iba a pasar – me dijo esto con un tono de melancolía. Y continuó:

–Un día cuando regresé de la escuela tuve un mal presagio, de pronto olí un silencio siniestro, el estómago se me revolvió de miedo. Alcancé aún a ver a mi padre agonizando, no tuvieron piedad de él. Lo torturaron, lo emascularon y para no dejar rastro alguno en la casa,  le dieron un balazo a Andrés –el perro– en el costado.

Si tan solo supieras la verdad sobre Andrés, le tendrías más respeto que miedo. A mi padre se lo regaló un militar del Estado Mayor Presidencial. Pero se deshizo de él porque tuvo un sueño donde el perro estaba sentado en el trono y éste le servía su alimento. Desde entonces lo maldijo y mandó matarlo, pero un ayudante del militar fue piadoso y fue como llegó a mi padre.

En la agonía de mi padre me abalancé a su pecho. Lloré y lloré en su regazo hasta perder la noción del tiempo. Caí en un sueño profundo. En un abrir y cerrar de ojos, la realidad me dio una bofetada en la cara: estaba sola en este mundo. Desde entonces en este infierno, solo Andrés, me ha ayudado a tener un porqué vivir.

Todo mundo me tildó de loca, de zafada, de trastornada y deschavetada… se alejaron de mí… Andrés es el único fiel conmigo. Nunca me abandona. Como para mí ya era tan normal hablar con él y escucharlo, pensé que estaba perdiendo el juicio.

Fue cuando llegaste a mi vida. Sentí tanta lastima por ti. Andrés no estuvo de acuerdo en que nos fuéramos a vivir a esta casucha. Le prometí que nunca nos separaríamos.

−¿Sabes por qué cedió Andrés en venirnos a vivir contigo? –Increpó la pregunta así a bocajarro-.

−No tengo la menor idea, Sara.

−Por tu patológica obsesión en saber quién mató a Colosio. Y remató:

Mi padre supo todo detrás del magnicidio de Colosio, por eso lo mataron. Ese trágico día estoy segura que en ese extraño sueño él me acompañó y me decía que si bien había partido, se quedaba algo de él en Andrés. No supe cuánto tiempo transcurrió. Sentí una atmosfera de paz desconocida; fue el perro quien me despertó con su lengua y chasqueando un sonido sibilante que me figuró oír la voz de mi padre:

–…Sa… ra… Sa… ra… Sa… ra… te… a… mo…

Tienes que encontrarlo… Él es mi padre.

https://twitter.com/Nakachi_Mx