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Por Nakachi

Crónica de un fracaso anunciado

TATA MARTINO

Si algo hay que agradecerle al “Tata” Martino es que este pasado dos de junio haya aceptado el compromiso de enfrentar en el estadio de la Universidad de Phoenix a la selección uruguaya rumbo a la justa mundialista de Qatar 2022 y tener el valor de hacer el ridículo dando la cara por todo el seleccionado.

Lo que vimos dentro del terreno de juego fue un baile que nos aterrizó en nuestra realidad: la mediocridad futbolística. Dicho en el argot pambolero, la escuadra mexicana no trae nada.

Solo los ilusos y fanáticos no quieren abrir los ojos. Hay que decirlo como es –aunque duela−, nos perfilamos  a otra justa mundialista donde iremos de paseo. No más. El reducido grupo de elite va por todas las canicas, no viajarán a Qatar a ver si pueden, asisten con la seguridad de que saben que pueden.

Mientras el seleccionado mexicano, sus dirigentes  y comentaristas se han encargado con armonía de vendernos la ilusión del quinto partido; el grupo competitivo va a ganar la copa del mundo. Pequeña diferencia.

¿A qué competencia se asiste solo aspirando a los cuartos de final? ¿No le parece que estamos apuntando mal nuestras baterías?

La parte mental juega un papel determinante y mientras no aspiremos a la copa del mundo, seguiremos siendo uno más del montón.

Lo demostrado contra la escuadra charrúa fue una vergüenza. Una cosa es perder en la raya;  otra ser superado de forma grotesca que por un momento el encuentro se tornó en una cascarita de nivel amateur donde por poco y suplican los comentaristas deportivos: “¡Ya paren esa masacre!”

El equipo comandado por Cavani se lució ante un México displicente, sin garra, más preocupado por lucir su vestimenta ante las cámaras que por el compromiso de preparación para endulzarle el ojo al entrenador. Señores, ¡estamos la víspera de una copa del mundo!

Tiene mucha razón, Hugo Sánchez, la parte mental juega un papel determinante en toda competición deportiva como en la vida misma. En un país habituado a la derrota es incomoda su frase: “Mi mentalidad me obliga a ser campeones del mundo… el pensamiento, el deseo es ser campeón del mundo, lo del quinto partido, cuartos de final no existe en mi mente, solo ser campeón del mundo”.

Vale la pena preguntarse, por qué no pasamos del cuarto partido?

Lucha mental    

Desde 1994 han sucedido siete justas mundialistas, a todas hemos asistido y en todas hemos estrellado en los octavos de final. Mientras nuestro aspiración sea pasar la barrera del cuarto partido para llegar al quinto y no ambicionemos el título de campeón, seguiremos siendo los “ya merito”.

En una especie de masoquismo, resulta irónico cómo de tanto repetirnos el pasar la barrera de los octavos de final, nosotros mismos, por lo menos en lo mental, hicimos del cuarto partido una maldición. Así como una mentira de tanto repetirse se hace verdad; una derrota de tanto repetírtela, se acentúa. Ese es el poder de la mente.

Aunque nos suene absurdo, ¿por qué no repetirse el aspirar al campeonato?

En la copa del mundo de 2006 en Alemania, en fase de octavos de final nos encontramos a la Argentina de Pekerman. Siempre quedara la duda de si fue acertada la decisión de Lavolpe de no convocar a Cuauhtémoc Blanco, pues como sabemos, el no llevarlo obedeció a una rencilla personal entre jugador y entrenador.

Ambos hasta la fecha se abominan. Como seguro lo recordamos, en la fase de tiempos extras, a pase de Sorín, de un zurdazo, Maxi Rodríguez, liquidó el compromiso. En una entrevista se sinceró y dijo: “La izquierda no la utilizó ni para meterle el clutch al automóvil”.

Justo es evocar que antes de ese momento, cuando México dominaba a Argentina, Francisco “Kikín” Fonseca, tuvo para rematar el arco de Abbondanzieri, pero se echó un “kikinazo”. De nuevo, los ya merito. Una vez más, jugamos como nunca pero perdimos como siempre. Como pocos en el mundo, los mexicanos hacemos chunga del fracaso.

¡Árbitro vendido!

Sobran los ejemplos para ilustrar cómo hemos jugado el papel de los “pobrecitos” para culpar al cuerpo arbitral de nuestras derrotas. Ese reflejo por victimizarse y culpar a la autoridad se transmite, cuando se enquista en el ente colectivo, es muy complicado de erradicar. Los mexicanos somos esos eternos adolescentes que no hemos querido asumir responsabilidades para dar paso a la madurez. Cuando nos confrontan a entregar cuentas, nos hablan en chino.

En el mundial de México 86 contra los alemanes nos pasó que el árbitro nos “acuchillara”, eso dijeron los medios, eso nos creímos, eso nos repitieron nuestros papás  y los de mi generación con esa falsa idea crecimos.

La anulación del gol del “Abuelo” Cruz por un claro fuera de lugar, nos sirvió para victimizarnos y justificar la derrota. Lo justo es decir que los alemanes a fuerza de mentalidad se levantaron y nos masacraron con personalidad en los tiros penales.

Cómo no recordar cuando el árbitro portugués Pedro Proenca, marcó el tiro penal después del clavado de Robben. Al margen del polémico tema de la justicia deportiva, lo cierto es que los nuestros tuvieron para liquidar el compromiso, pero le tuvieron miedo al éxito. Una vez más, preferimos hacernos la víctima. Más se robustece la costra cuando escuchamos al otrora entrenador nacional, Miguel Herrera, arremeter contra el cuerpo arbitral.

La víctima termina por justificarse en el futuro cuando viola la ley, en el ámbito que guste. Si robé pero el PRI robó más, por ejemplo.

Cuando en 2010 fuimos claramente rebasados de nuevo  por la escuadra argentina, el entrenador de México, Javier Aguirre,  justificó la derrota nacional por el árbitro que no marcó un claro fuera de lugar de Tévez que abrió el marcador del encuentro; a los pocos minutos una pifia de Osorio generó el lapidario dos a cero.

Mucho tenemos que aprenderle al entrenador portugués, José Mourinho, quien suele repetirse en la derrota: “Las victorias son de todos y las derrotas solo de uno: yo”.

El factor económico

Seguro todos coincidimos en que mientras se siga ponderando lo económico sobre lo deportivo, jamás trascenderemos no solo en el balompié sino en muchas materias de nuestro país.

Hasta que no se diseñé un programa serio al largo plazo que ponga en primer plano el aspecto deportivo sobre lo económico y que en esa dirección sean tomadas las decisiones, seguiremos en este círculo vicioso en el que nos encontramos.

Basta con ver el sistema de competición del torneo local, cómo por sí mismo fomenta la mediocridad. Y es así porque en primer plano está el tema económico. El fútbol es administrado y tutelado bajo esta prioridad.

Mientras estamos sumergidos en ese marasmo, otras naciones que otrora dominamos, como EE. UU., no solo nos alcanzaron, nos han rebasado claramente. Clara evidencia de que el fútbol también es un reflejo de nuestra sociedad.

Recordemos las palabras de Einstein: “Nunca se puede resolver un problema en el mismo nivel en el que fue creado”.

      ¿Qué sigue?

Siento decirle que si usted ha generado muchas expectativas de este seleccionado que nos representará en Qatar, está pecando de iluso. Siendo optimista pasarán la primera fase, tropezarán en octavos de final, le echarán la culpa al árbitro, justificarán sus deficiencias y así… regresarán a casa en su comodidad. Pese a que volverán a fracasar,  no  habrá consecuencias.

Que más quisiera ver a nuestro seleccionado triunfar pero no lo harán, no se le pueden pedir peras al olmo. La circunstancia geográfica fue generosa,  generó una condición acomodaticia que valdría la pena cuestionarse hasta dónde nos ha afectado ser parte de la CONCACAF. ¿No acaso en el país de los ciegos el tuerto es el rey?

Eso hizo que México fuera durante décadas el gigante de la CONCACAF. Ahora, súmele las bondades de la FIFA en el sistema para calificar a la fase final de la competición, nos condena a mayor mediocridad. A la comodidad súmele el factor económico que tanto cuida Doña Fede, se hace un buque acorazado muy difícil de penetrar.

¿Quiere ver triunfar a los nuestros? Si no dan resultados, hágase presente con su ausencia. Aguántese la tentación mediática de verlos. Deje de llenar el Azteca y exija resultados. No consuma sus productos. ¿No acaso es el trabajo de esos privilegiados de las canchas? ¿No acaso al empleado incompetente ante la falta de resultados, no se le remueve o hace a un lado?

No lo deseo, pero al fútbol mexicano le hace falta una sacudida a fondo. En ese vuelco hay que provocarle una crisis tal que genere un coma inducido a todo el armatoste futbolístico. Si eso implica no asistir a una justa mundialista para fortalecer desde los cimientos hasta el último de los detalles y por qué no decirlo, aplicar eso de que a los hijos se les educa con un poco de hambre y de frío, no es bueno darles todo porque los hacemos inútiles, ¿por qué no atrevernos? ¿Por qué esperar un milagro?

El experimento que vimos contra Uruguay en Phoenix, es una ventana para ver que estamos muy lejos del alto nivel. Nuestros jugadores y cuerpo técnico están apapachados en todos los aspectos, no tienen hambre de triunfo porque se les dio todo masticado que ya no tuvieron necesidad de buscar para crear. Unos juniors consentidos.

Para no frustrarse mucho, no espere mucho. Conste que el fracaso en Qatar está anunciado. Que más deseo que estar equivocado y que la boca se me haga chicharrón… pero no se puede tapar el sol con un dedo, es lo que hay.

Cierro parafraseando a Einstein, que sobre la crisis decía lo siguiente:

“No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La  crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día de la noche oscura.

Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera  así mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia…”

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