DAVID HUERTA, HIJO DE LA GENERACIÓN DEL 68

CULTURA SOBRE RUEDAS

CULTURA SOBRE RUEDAS

David Huerta:

La poesía no sirve para nada práctico, pero será una vida pobre la que no tenga esa cercanía con esa experiencia de la belleza, o de la extrañeza.

DAVID HUERTA, EL POETA LUMINOSO
EL POETA DAVID HUERTA

Octubre inició con la triste noticia que conmocionó a la comunidad cultural: la mañana del lunes 3 de octubre el poeta David Huerta falleció en su casa a punto de cumplir 73 años.

Ante la noticia creadores de todas las disciplinas culturales e instituciones expresaron su pésame por la partida del poeta, académico, ensayista y traductor que nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949, por la muerte de uno de los escritores más queridos en la escena cultural.

David Huerta, el poeta luminoso que siempre estuvo comprometido con los problemas de la sociedad mexicana, estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

En su semblanza, la editorial Era, en la que publicó gran parte de su obra, detalla: David Huerta ha impartido talleres de poesía en prácticamente todo el país; ha dado lecturas en México y el extranjero, y compilado varias antologías de poesía.

Muchos de sus libros son hitos de la poesía mexicana: Cuaderno de noviembre (Era, 1976), Huellas del civilizado (1977), Versión (1978; Era, 2005, Premio Xavier Villaurrutia), Incurable (Era, 1987), Historia (1990, Premio Carlos Pellicer), Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990), La sombra de los perros (1996), La música de lo que pasa (1997), El azul en la flama (Era, 2002), La calle blanca (Era, 2006), El ovillo y la brisa (Era, 2018), El cristal en la playa (Era, 2019).

En 2013 el Fondo de Cultura Económica publicó su obra poética reunida, en dos volúmenes que suman más de 1,000 páginas, con el título La mancha en el espejo.  En 2021 la editorial española Galaxia Gutenberg dio a conocer con su sello la extensa antología El desprendimiento, que presenta selecciones de su poesía a lo largo de casi medio siglo.

Sus publicaciones más recientes son el volumen de ensayos titulado Las hojas (2020) y El viento en el andén (2022).

En septiembre de 2019 ganó, por unanimidad, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Desde 2005 era maestro en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

David Huerta se definía como hijo de la generación del 68, el movimiento que quiso democratizar a México. Solía decir que se hizo escritor gracias a sus padres: Mireya Bravo y Efraín Huerta. Tenía dos hermanas mayores, Eugenia y Andrea.

A continuación rescato fragmentos inéditos de una entrevista que le hice  jueves 26 de mayo de 2016, cuando obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el campo de Lingüística y Literatura.

—Maestro, digamos que su encuentro con la poesía se da de manera natural…

—Mi encuentro con la poesía es primero con la figura de los poetas porque mi padre era poeta y muchos de sus amigos también eran poetas y en mi casa no era infrecuente leer a los poetas que visitaban y hablaban sobre poesía, algunos de ellos figuras notables de la literatura mexicana, otro menos conocidos, pero gente muy simpática.

Escritores como José Revueltas, dramaturgo, en fin…Recuerdo al poeta cubano Regino Pedroso Aldama, uno de los primeros poetas proletarios de América, a quien quise mucho. En fin también varios profesionales del periodismo, del periodismo, escrito porque yo crecí en la Colonia del Periodista, en la segunda colonia del periodista que ahora se llama Francisco Zarco

—Su padre fue el poeta Efraín Huerta, pero ha dicho que su formación la realizó su madre Mireya Bravo, cómo recuerda esos años de su infancia…

—Mi padre y mi madre se separaron, se divorciaron cuando yo era muy pequeño de modo que yo crecí con mi madre que fue quien me formó, el encuentro literario con mi padre ocurrió unos años después en mi adolescencia, sin embargo nunca lo sentí ausente de la casa porque estaba cerca y nos trataba con mucho cariño y siempre estuvo pendiente de mi lectura, de mi educación, pero quien me formó a mí fundamentalmente fue mi madre, Mireya Bravo, ellos se casaron a principios de los años cuarenta, su testigo fue Octavio Paz que hablaba mi papá y Paz, nunca fueron enemigos, estaban separados por la política, pero unidos por la poesía, eso lo dijo muy bonito Octavio Paz a raíz de la muerte de mi padre.

—¿Cómo recuerda la figura de su madre?

—Es una figura  al mismo tiempo muy severa pero muy alegre, es una combinación que a mi me resulta formidable, yo crecí entre mujeres de muy fuerte personalidad, mi abuela Ana María, la madre de mi madre, fue maestra normalista y partera, atendió  alrededor de dos mil partos, y aparte enseñó a leer muchos niños, que es otra forma de dar a luz, a miles de niños, porque era maestra de primaria, participó en Movimiento Magisterial de fines de los años cincuenta, una lucha heroica con la de los petroleros, los ferrocarrileros, los electricistas.

Y mi madre Mireya Bravo estudió Derecho como los otros integrantes de su generación Paz y Huerta, y ahí se formó mi madre entre maestros de la Normal, entre gente dedicada a ocuparse de los demás, no a ocuparse de uno mismo. Ellas simbolizaban las luchas de los trabajadores.  Mi madre terminó la carrera pero no se tituló.

Todo lo que logró tiene su raíz en la educación que recibió de mi abuela, fueron dos mujeres solas, porque a mi abuelo lo mataron en la Revolución, en Oaxaca, la ciudad donde vivían en entonces.

Mi madre creció entre pastores y diaconisas, y eso le dio una cierta fuerza espiritual, de modo que más adelante cuando conoció a mi padre, que venía de una familia convencional, católica, se entendían muy bien, recuerdo que hablaban largamente sobre la Biblia.

—Ha hablado de un libro clásico como El declamador sin maestro, pero ¿qué otros libros estuvieron entre sus primeras lecturas y lo formaron?

—En mi casa había de todo, leíamos de todo lo que estaba allí, recuerdo que mi hermana Andrea todavía conserva las obras completas de Julio Verne muy bonitas, Veinte mil leguas de viaje submarino, fue uno de mis libros de cabecera.

Leímos, eso sí, muchas novelas soviéticas de la Guerra, novelas realistas socialistas de las que ahora nadie da ni medio centavo partido por la mitad por esas novelas porque desde el punto de vista literario no son muy valiosas, pero son novelas épicas de la Segunda Guerra cuya finalidad era enaltecer a Stalin que fue uno de los peores criminales de la historia. Yo trate de ver claro lo que mi padre no pudo o no quiso ver claro.

—Las palabras son el material principal de los poetas, ¿qué hacen los poetas con las palabras?

—Cuando Federico García Lorca escribe “Córdoba lejana y sola” son cuatro palabritas solamente y después el poema sigue de una manera muy hermosa, muy intrigante, muy misterioso, uno se pregunta qué es lo que está haciendo con las palabras este señor, está disponiéndolas en un orden en el nunca habían estado, las hace sonar como nunca habían sonado.

De repente se da uno cuenta: eso es lo que hacen los poetas, poner en un orden peculiar las palabras para que suenen y signifiquen lo que no habían significado hasta entonces y para que suenen también como no habían sonado nunca antes.

Por ejemplo, un poema de los poemas de mi padre más conocidos es “Mi país, oh, mi país” en el que hay un pasaje en el que hay nombres de lugares “Buenavista, Nonoalco, Pantaco, Veracruz…” son nombres de la geografía mexicana pero suenan de una manera especialmente llamativa en ese orden, está buscado con mucha deliberación ese orden y eso es lo que le intriga a uno, y a final de cuenta eso es lo importante de un poeta: cómo pone las palabras sobre la hoja en blanco para que suenen, ya sea en la mente o en el oído, de una manera en la nunca antes habían sonado para que su significación resalte o se enriquezca o aparezca bajo nuevas luces.

—El amor es uno de los temas que le interesan como poeta…

—Es importantísimo, en mi vida lo es más todavía, pero solo he escrito un libro monotemático que se llama Historia, es un libro sobre la pena amorosa, sobre la desgracia amorosa, sobre el amor. Pero todos los demás libros que he escrito están hechos en un abanico de temas.

Un tema del que no me puedo evadir es la ciudad, yo soy chilango, he vivido cerca de 70 años aquí, este es mi mundo, mi micro o macrocosmos; aunque no conozco tanto la ciudad como mi padre. Lo que conozco me inspira mucho, me resulta muy estimulante, a veces me irrita, me desconcierta, pero a veces me resulta profundamente conmovedor lo que veo en la ciudad.

—Los poetas del Siglo de Oro han sido muy importantes para usted, por ejemplo Garcilaso de la Vega…

—Para todos los que hablamos y escribimos en español debería de ser importantísimo, porque es el príncipe de los poetas castellanos, es el primer poeta moderno. Todos los poetas que yo admiro de lengua española, todos los conocía bien de memoria, incluso algunos narradores.

Y una de mis novelas favoritas tiene a Garcilaso como protagonista Del amor y otros demonios de Gabriel García Márquez, este escritor colombiano me resulta enormemente simpático porque la poesía es uno de los temas secretos, pero más grandes de su obra, siempre está presente la poesía en sus escritura, la calidad de su prosa depende en buena medida de que García Márquez fue un gran lector de poesía.

Yo siempre estoy leyendo novelas, mi esposa Mónica Murguía es una novelista consumada y siempre hablamos de novelas.

—¿Qué otro poeta ha sido definitivo en su formación?

—Hay un poeta surrealista que a mi me gustaba y que había oído mencionar en mi casa y que en la preparatoria leí habitualmente que es el poeta francés Paul Éluard, un gran poeta amoroso y de la sensibilidad de quien vive en la ciudad, tenía una experiencia de la vida rica y había militado con André Bretón en el primer grupo surrealista en los años veinte, y después había entrado a la militancia del Partido Comunista, era una figura muy compleja y complicada, imagínate cuántas cosas: la Primera Guerra, el Surrealismo, la militancia comunista y la poesía, sobre todo.

Cometió los mismos errores políticos de mi padre, o de Neruda.. Ahora se puede consultar en la web y escuchar a  Jean-Louis Barrault leyendo el gran poema de Paul Éluard que se llama «Liberté».

—Qué significó recibir El Premio Nacional de Ciencias y Artes en el ramo de lingüística y literatura…

—Significó el reconocimiento a una vocación sostenida durante más de 40 años, a la poesía mexicana, yo no representó a nadie, ni a nada, pero estoy metido de lleno en la poesía mexicana porque escribo en español, pero un español que es mexicano y se puede demostrar que hay ciertas inflexiones que lo hacen una lengua y una poesía mexicana de aquí.

Cuándo recibí este premio en diciembre de 2015 me dio una enorme satisfacción que se reconocía el trabajo, no el genio ni el talento, sino la perseverancia, la fidelidad a una vocación, algo que vale la pena de lo que se hace en México es la poesía, desde antes de la llegada de los españoles, a lo largo de los años de la Colonia con la figura señera, magnífica, resplandeciente de Sor Juana Inés de la Cruz, y después.. es decir que de una manera constante los mexicano hemos hecho buena poesía, y yo he querido formar parte de esa tradición.

Sin embargo mi poema más traducido ha sido poco difundido en México, estoy hablando de “Ayotzinapa”, que fue trasladado a más de 20 idiomas, pero aquí pocos lo conocen, inicia así: Mordemos la sombra /Y en la sombra/ Aparecen los muertos/ Como luces y frutos/ Como vasos de sangre/ Como piedras de abismo/ Como ramas y frondas…

—¿Para qué sirve la poesía?

—No sirve para nada, en cualquier caso no sirve para nada práctico, no sirve para ganar dinero, no sirve para hacerse famoso. Sirve para que aprendamos a vivir en la soledad de nuestra mente, sí queremos; la textura interior está hecha de palabras, entonces quienes manejan bien las palabras son los poetas, los buenos poetas, creo que para eso podría servir si es que sirve para algo.

No sirve nada de nada en la medida en que la experiencia de la belleza no sirve para nada, pero si vivimos una vida completa sin tener experiencias con la belleza de la belleza, vivimos fatalmente una vida pobre. No le pasa nada a nadie si no ha leído grandes poemas, pero será una vida pobre porque no tuvo cercanía con esa experiencia de la belleza o de la extrañeza, porque los poetas nos acercan a eso.

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