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SABINES PARA CELEBRAR EL DÍA DEL AMOR Y MORIR DE AMOR….

SABINES PARA CELEBRAR EL DÍA DEL AMOR

CULTURA SOBRE RUEDAS
Pilar Jiménez Trejo / Cultura Sobre Ruedas

14/02/2024

Sabines para celebrar el día del amor y morir de amor….

SABINES PARA CELEBRAR EL DÍA DEL AMOR Y MORIR DE AMOR....
Jaime Sabines y Pilar Jiménez Trejo

Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, México, 1926 – Ciudad de México, 1999) se convirtió en las últimas décadas del siglo XX en el poeta mexicano más leído.

Fue un escritor que como pocos logró penetrar a través de sus versos en la emoción de miles y miles de personas que llegaron a saber sus versos de memoria.

Hoy jóvenes que no lo conocieron en vida siguen repitiendo sus poemas, porque Sabines nos llega en la juventud, cuando el amor se extiende y las palabras del poeta nos auxilian para ayudarnos a expresar lo que sentimos cuándo morimos de amor.

En vida el poeta desbordó con sus lectores el Palacio de Bellas Artes, la sala Nezahualcóyotl de la UNAM, la Fil Guadalajara, el Cecut de Tijuana, y más recintos cuando hacia las lecturas de sus poemas. Decía sus poemas como nadie más ha podido decirlos.

Carlos Monsiváis escribió entonces: «Si la poesía convoca multitudes no todo está perdido». Y en otro texto José Emilio Pacheco expresó: «Sabines se equivoca como todos, pero acierta como pocos».

¿Quién fue este poeta que a 25 años de su muerte sigue atrayendo multitudes de lectores en América Latina, Estados Unidos, Europa e incluso Medio Oriente? jóvenes que repiten sus versos sobre el amor… luego más tarde conocerán, como nosotros, sus poemas sobre la muerte, la soledad, la condición humana y lo maravillosa que es la luna y la vida.

Pero este 14 de febrero dejamos aquí algunos de su poemas más conocidos y precisos sobre el amor:

No es que muera de amor.

No es que muera de amor, muero de ti.

Muero de ti, amor, de amor de ti,

de urgencia mía de mi piel de ti,

de mi alma, de ti y de mi boca

y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,

de nosotros, de ese,

desgarrado, partido,

me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,

en mi cama en que faltas,

en la calle donde mi brazo va vacío,

en el cine y los parques, los tranvías,

los lugares donde mi hombro

acostumbra tu cabeza

y mi mano tu mano

y todo yo te sé cómo yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire

para que estés fuera de mí,

y en el lugar en que el aire se acaba

cuando te echo mi piel encima

y nos conocemos en nosotros,

separados del mundo, dichosa, penetrada,

y cierto, interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos

entre los dos, ahora, separados,

del uno al otro, diariamente,

cayéndonos en múltiples estatuas,

en gestos que no vemos,

en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre

que no muerdo ni beso,

en tus muslos dulcísimos y vivos,

en tu carne sin fin, muero de máscaras,

de triángulos oscuros e incesantes.

Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,

de nuestra muerte ,amor, muero, morimos.

En el pozo de amor a todas horas,

inconsolable, a gritos,

dentro de mi, quiero decir, te llamo,

te llaman los que nacen, los que vienen

de atrás, de ti, los que a ti llegan.

Nos morimos, amor, y nada hacemos

sino morirnos más, hora tras hora,

y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Yo no lo sé de cierto

Yo no lo sé de cierto, pero supongo

que una mujer y un hombre

un día se quieren,

se van quedando solos poco a poco,

algo en su corazón les dice que están solos,

solos sobre la tierra se penetran,

se van matando el uno al otro.

Todo se hace en silencio. Como

se hace la luz dentro del ojo.

El amor une cuerpos.

En silencio se van llenando el uno al otro.

Cualquier día despiertan, sobre brazos;

piensan entonces que lo saben todo.

Se ven desnudos y lo saben todo.

(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

Tu nombre

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre.

Trato de escribir que te amo.

Trato de decir a oscuras todo esto.

No quiero que nadie se entere,

que nadie me mire a las tres de la mañana

paseando de un lado a otro de la estancia,

loco, lleno de ti, enamorado.

Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote.

Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,

lo grita mi corazón amordazado.

Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,

lo digo incansablemente,

y estoy seguro que habrá de amanecer.

Me doy cuenta de que me faltas

Me doy cuenta de que me faltas

y de que te busco entre las gentes, en el ruido,

pero todo es inútil.

Cuando me quedo solo

me quedo más solo

solo por todas partes y por ti y por mí.

No hago sino esperar.

Esperar todo el día hasta que no llegas.

Hasta que me duermo

y no estás y no has llegado

y me quedo dormido

y terriblemente cansado

preguntando.

Amor, todos los días.

Aquí a mi lado, junto a mí, haces falta.

Puedes empezar a leer esto

y cuando llegues aquí empezar de nuevo.

Cierra estas palabras como un círculo,

como un aro, échalo a rodar, enciéndelo.

Estas cosas giran en torno a mí igual que moscas,

en mi garganta como moscas en un frasco.

Yo estoy arruinado.

Estoy arruinado de mis huesos,

todo es pesadumbre.

Tu cuerpo está a mi lado

Tu cuerpo está a mi lado

fácil, dulce, callado.

Tu cabeza en mi pecho se arrepiente

con los ojos cerrados

y yo te miro y fumo

y acaricio tu pelo enamorado.

Esta mortal ternura con que callo

te está abrazando a ti mientras yo tengo

inmóviles mis brazos.

Miro mi cuerpo, el muslo

en que descansa tu cansancio,

tu blando seno oculto y apretado

y el bajo y suave respirar de tu vientre

sin mis labios.

Te digo a media voz

cosas que invento a cada rato

y me pongo de veras triste y solo

y te beso como si fueras tu retrato.

Tú, sin hablar, me miras

y te aprietas a mí y haces tu llanto

sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.

Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas

se ponen a escuchar lo que no hablamos.

Tú tienes lo que busco.

Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo,
tú lo tienes.
El puño de mi corazón está golpeando, llamando.
Te agradezco a los cuentos,
doy gracias a tu madre y a tu padre,
y a la muerte que no te ha visto.
Te agradezco al aire.
Eres esbelta como el trigo,
frágil como la línea de tu cuerpo.
Nunca he amado a una mujer delgada
pero tú has enamorado mis manos,
ataste mi deseo,
cogiste mis ojos como dos peces.
Por eso estoy a tu puerta, esperando.

Me tienes en tus manos.

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mi mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

Otra carta

Siempre estás a mi lado y yo te lo agradezco.

Cuando la cólera me muerde, o cuando estoy triste

—untado con el bálsamo para la tristeza como para morirme—

apareces distante, intocable, junto a mí.

Me miras como a un niño y se me olvida todo

y ya sólo te quiero alegre, dolorosamente.

He pensado en la duración de Dios,

en la manteca y el azufre de la locura,

en todo lo que he podido mirar en mis breves días.

Tú eres como la leche del mundo.

Te conozco, estás siempre a mi lado más que yo mismo.

¿Qué puedo darte sino el cielo?

Recuerdo que los poetas han llamado a la luna con mil nombres

—medalla, ojos de Dios, globo de plata,

moneda de miel, mujer, gota de aire—

pero la luna está en el cielo y sólo es luna,

inagotable, milagrosa como tú.

Yo quiero llorar a veces furiosamente

porque no sé qué, por algo,

porque no es posible poseerte, poseer nada,

dejar de estar solo.

Con la alegría que da hacer un poema,

o con la ternura que en las manos de los abuelos tiembla,

te aproximas a mí y me construyes

en la balanza de tus ojos,

en la fórmula mágica de tus manos.

Un médico me ha dicho que tengo el corazón de gota

─alargado como una gota- y yo lo creo

porque me siento como una gruta

en que perpetuamente cae, se regenera y cae

perpetuamente.

Bendita entre todas las mujeres

tú, que no estorbas,

tú que estás a la mano como el bastón del ciego,

como el carro del paralítico.

Virgen aún para el que te posee,

desconocida siempre para el que te sabe,

¿qué puedo darte sino el infierno?

Desde el oleaje de tu pecho

En que naufraga lentamente mi rostro,

te miro a ti, hacia abajo, hasta la punta de tus pies

en que principia el mundo.

Piel de mujer te has puesto,

Suavidad de mujer y húmedos órganos

en que penetro dulcemente, estatua derretida,

manos derrumbadas con que te toca la fiebre que soy

y el caos que soy te preserva.

Mi muerte flota sobre ambos

y tú me extraes de ella como el agua de un pozo,

agua para la sed de Dios que soy entonces,

agua para el incendio de Dios que alimento.

Cuando la hora vacía sobreviene

sabes pasar tus dedos como un ungüento,

posarlos en los ojos emplumados,

reír con la yema de tus dedos.

¿Qué puedo darte yo sino la tierra?

Sembrado en el estiércol de los días

miro crecer mi amor, como los árboles

a que nadie ha trepado y cuya sombra

seca la hierba, y da fiebre al hombre.

Imperfecta, mortal, hija de hombres,

verdadera,

te usurpo, ya lo sé diariamente,

y tu piedad me usa a todas horas

y me quieres a mí, y yo soy entonces,

como un hijo nuestro largamente deseado.

Quisiera hablar de ti a todas horas

en un congreso de sordos,

enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.

Quiero darte a nadie

para que vuelvas a mí sin haberte ido.

En los parques, en que hay pájaros y un sol en hojas por el suelo,

donde se quiere dulcemente a las solteronas que miran a los niños,

te deseo, te sueño.

¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!

(Te invito a comer uvas esta tarde

o a tomar café, si llueve,

y a estar juntos siempre, siempre, hasta la noche.)

Te desnudas igual

Te desnudas igual que si estuvieras sola

y de pronto descubres que estás conmigo.

¡Cómo te quiero entonces

entre las sábanas y el frío!

Te pones a flirtearme como a un desconocido

y yo te hago la corte ceremonioso y tibio.

Pienso que soy tu esposo

y que me engañas conmigo.

¡Y como nos queremos entonces en la risa

de hallarnos solos en el amor prohibido!

(Después, cuando pasó, te tengo miedo

y siento un escalofrío.)

No es nada de tu cuerpo

No es nada de tu cuerpo

ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,

ni ese lugar secreto que los dos conocemos,

fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.

No es tu boca -tu boca

que es igual que tu sexo-,

ni la reunión exacta de tus pechos,

ni tu espalda dulcísima y suave,

ni tu ombligo en que bebo.

Ni son tus muslos duros como el día,

ni tus rodillas de marfil al fuego,

ni tus pies diminutos y sangrantes,

ni tu olor, ni tu pelo.

No es tu mirada -¿qué es una mirada?-

triste luz descarriada, paz sin dueño,

ni el álbum de tu oído, ni tus voces,

ni las ojeras que te deja el sueño.

Ni es tu lengua de víbora tampoco,

flecha de avispas en el aire ciego,

ni la humedad caliente de tu asfixia

que sostiene tu beso.

No es nada de tu cuerpo,

ni una brizna, ni un pétalo,

ni una gota, ni un grano, ni un momento.

Es sólo este lugar donde estuviste,

estos mis brazos tercos.

Me dueles.

Mansamente, insoportablemente, me dueles.

Toma mi cabeza. Córtame el cuello.

Nada queda de mí después de este amor.

Entre los escombros de mi alma, búscame,

escúchame.

En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,

pide tu asombro, tu iluminado silencio.

Atravesando muros, atmósferas, edades,

tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)

viene desde la muerte, desde antes

del primer día que despertara al mundo.

¡Qué claridad de rostro, qué ternura

de luz ensimismada,

qué dibujo de miel sobre hojas de agua!

Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.

Soy como el hijo de tus ojos,

como una gota de tus ojos soy.

Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,

del suelo, de la sombra que pisas,

del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.

Levántame. Porque he caído de tus manos

y quiero vivir, vivir, vivir.

Vamos a guardar este día.

Vamos a guardar este día

entre las horas, para siempre,

el cuarto a oscuras,

Debussy y la lluvia,

tú a mi lado, descansando de amar.

Tu cabellera en que el humo de mi cigarrillo

flotaba densamente, imantado, como una mano

acariciando.

Tu espalda como una llanura en el silencio

y el declive inmóvil de tu costado

en que trataban de levantarse,

como de un sueño, mis besos.

La atmósfera pesada

de encierro, de amor, de fatiga,

con tu corazón de virgen odiándome y odiándote.

todo ese malestar del sexo ahíto,

esa convalecencia en que nos buscaban los ojos

a través de la sombra para reconciliarnos.

Tu gesto de mujer de piedra,

última máscara en que a pesar de ti te refugiabas,

domesticabas tu soledad.

Los dos, nuevos en el alma, preguntando por qué.

Y más tarde tu mano apretando la mía,

cayéndose tu cabeza blandamente en mi pecho,

y mis dedos diciéndole no sé qué cosas a tu cuello.

Vamos a guardar este día

entre las horas para siempre.

Espero curarme de ti

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego.

Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero».)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura.

No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

Te quiero a las diez de la mañana

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia.

Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo.

Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro.

Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

* Autora del libro Jaime Sabines. Apuntes para una biografía y en otra edición Sabines. Apuntes Biográficos en Tusquets, ahora también

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