EL PROTOTIPO DE FUNCIONARIO IDEOLOGIZADO OPINIÓN DEL ABOGADO NAKACHI

18/02/2026
- Cuando la ideología suplanta a la razón, el poder deja de ser servicio y se convierte en trinchera.
El prototipo de funcionario ideologizado
No se trata de una persona. Se trata de un modelo.
Marx Arriaga no es un episodio aislado ni una simple anécdota administrativa. Es el retrato de un estilo de ejercer el poder que se ha vuelto frecuente, el funcionario que arriba no por méritos acreditados sino por afinidad ideológica. No por resultados verificables sino por lealtad narrativa. No por competencia probada sino por cercanía política.
El problema no es tener convicciones. Toda persona pública las tiene y justo es decir que debe tenerlas.
El problema comienza cuando la convicción suplanta a la razón. Cuando la ideología desplaza al profesionalismo. Cuando el cargo deja de ser espacio de servicio y se convierte en trinchera.
En ese modelo, el funcionario no escucha, descalifica. No dialoga, impone. No corrige, se victimiza. No rinde cuentas, acusa conspiraciones.
Y lo más delicado, se aferra al hueso. Porque si la vara fueran las capacidades técnicas, la experiencia contrastable y los resultados medibles, nunca habría cruzado esa puerta.
El daño no es administrativo, es ético y moral.
La erosión de la decencia
En 2018, cuando comenzó esta etapa convulsa del país bajo el liderazgo del embustero, muchos advertimos que, frente al avance de un proyecto ideologizado, lo que México necesitaba era algo mucho más elemental: decencia.
Decencia en el lenguaje. Decencia en el trato. Decencia en la función pública.
Siete años después, la decencia parece una reliquia. No solo no regresó al poder, ha sido erosionada, día tras día, por una práctica política que desde el reality matutino normaliza la mentira, desacredita la crítica y trivializa la ley.
“No me vengan con que la ley es la ley”, repetía don embustero desde la cúspide del poder.
Y esa frase, más que un exabrupto, fue una declaración de método.
El contagio del cinismo
Cuando desde el gobierno se relativiza la norma, el mensaje es devastador: la verdad es negociable. La legalidad es flexible. La ética es opcional.
Un país que relativiza la verdad empieza a perder el alma.
El daño moral es más profundo que cualquier error técnico. Los errores técnicos se corrigen; la corrupción ética se contagia.
Cuando el ciudadano observa que el poder manipula datos, fabrica enemigos, desacredita instituciones y acomoda la ley a su narrativa, aprende una lección perversa: el engaño es válido si sirve a la causa propia.
Así se fractura el tejido social. Así se instala el cinismo y se normaliza la simulación.
Entonces la pregunta deja de ser personal y se vuelve estructural: ¿cuántos perfiles semejantes ocupan hoy alcaldías, gubernaturas, curules, juzgados, ministerios? ¿Cuántos llegaron por la puerta del compadrazgo y no por la puerta estrecha del mérito?
El problema no es la izquierda ni la derecha. El problema es la incompetencia blindada por el fanatismo.
Huroneo
La imagen es reveladora: el funcionario que se atrinchera para no soltar el hueso y que sale “triunfante” con un cuadro de Karl Marx bajo el brazo rumbo al Metro de la Ciudad de México.
No es un detalle pintoresco. Es una declaración simbólica.
Mientras el régimen cubano enfrenta una presión internacional inédita a voluntad del demagogo naranja, y mientras el modelo de la isla muestra su agotamiento histórico, aquí seguimos romantizando íconos de una tradición política que produjo escasez, censura y éxodo masivo en Cuba.
La pregunta es incómoda: ¿a qué nostalgia ideológica votó México en 2018? ¿A qué grupo comunista trasnochado decidió darle las llaves del Estado?
Porque cargar un retrato no es delito. Convertir el Estado en instrumento doctrinario, sí es una patraña orquestada a los mexicanos.
México no está para experimentos de laboratorio ideológico. Está para instituciones sólidas, ciudadanos libres y gobiernos competentes.
“Lo verdaderamente perverso no es el cuadro. Es la mentalidad que lo considera brújula.”
Cierre editorial
México no necesita funcionarios inflamados por ideología. Necesita servidores públicos con competencia y carácter. No necesita narrativas incendiarias, necesita resultados verificables. No necesita resentimiento administrando instituciones, necesita grandeza ética gobernando decisiones.
Porque lo que está en juego no es una administración sexenal. Es la salud moral de la República, que para este momento agoniza.