MARCEL PROUST AUTOR DE EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

CULTURA SOBRE RUEDAS

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Marcel Proust: 100 años de la muerte del autor de En busca del tiempo perdido

EL MUNDO CONMEMORA LOS 100 AÑOS DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST
MARCEL PROUST, PARIS, 1871-1922

 Este 18 de noviembre Francia y el mundo conmemora los 100 años de la muerte de Marcel Proust (París, 1871-1922), sin duda un hombre que dedicó casi toda su existencia a leer y escribir, a perseguir lograr llevar una vida de escritor y así se convirtió en el autor de una de las novelas cruciales en la literatura universal: En busca del tiempo perdido ( À la recherche du temps perdu), esa monumental historia traducida a varias lenguas y que sigue asombrando a los lectores, una historia de varios tomos, que dicen «es el libro más extenso de la literatura», cuyo primer volumen Por el camino de Swann apareció en 1913 tras ser rechazado para su publicación por Jean Schlumberger y André Gide; el manuscrito se publicó en la editorial Grasset en noviembre de ese año, por cuenta de su autor que se ocupó de pagar los gastos. 

Proust dedicó 14 años de su vida a escribir En busca del tiempo perdido, una obra de más de un millón de palabras y más de tres mil páginas cruzan unos doscientos personajes. Los temas abordados son el frívolo esnobismo de la alta sociedad, el amor, los celos, la fluctuación de la memoria, la homosexualidad y el inevitable paso del tiempo.

El narrador contempla el mundo e incluso permite a los objetos también ser personajes con temperamento a través de una minuciosa y sensible descripción de las cosas y el paso de las horas, las noches, los meses y los años en el que veremos la aparición de la electricidad o la transición de los carruajes a los autos.

Pero ante todo esta es la historia de un personaje: el narrador. Un hombre muy parecido al Proust que busca ser sobre todo: un escritor.

El 18 de noviembre de 1922, Marcel Proust murió de neumonía a la edad de 51 años, durante tres días su hermano menor Robert, lo mantuvo en su lecho de muerte para que todos los que lo habían querido pudieran despedirse de él, amigos y admiradores desfilaron por su habitación para rendirle un último homenaje.

En esos días llegaron Man Ray, André Dunoyer de Segonzac y Paul Helleu, que hicieron -en el mismo orden- fotografías, esbozos al carbón y aguafuertes de su hermoso rostro muerto, como lo cuenta por estos días en una serie especial que ha preparado la Dra. Luz Aurora Pimentel, especialista en Proust, dentro del programa de Cultura UNAM en su canal de Youtube.

Ahí llegó Jean Cocteau, el poeta, dramaturgo, escritor, crítico de arte francés, quien se emocionó por el espectáculo de las hojas apiladas cerca del cuerpo, como un manuscrito que seguía vivo. También estuvo el escritor irlandés James Joyce, quien había conocido seis meses antes a Proust.

En su obra En busca del tiempo perdido Proust invirtió su talento literario, pero también sus ideas acerca del arte, la política o los sentimientos, para ello creó distintos personajes en los que pudo mostrar sus reflexiones: Bergotte un escritor, y de alguna forma su álter ego, un autor que logra la primacía de una estética del fragmento por sobre una estética del detalle; Vinteuil un músico que con su sonata vislumbra el éxtasis de la experiencia estética en estado puro; y Elstir que representa al gran pintor moderno, de cuya obra el Narrador tendrá una revelación al contemplar todos sus cuadros con el distanciamiento que el arte necesita para su verdadera apreciación.

Estos personajes a través de sus acciones, reflexiones e interacción con otros personajes, muestran su concepción del arte en general, y de la literatura, la música y la pintura en particular. Pero también reflejan su pensamiento acerca de las interrelaciones entre las artes, pues Proust estaba convencido de que existe una profunda unidad entre las distintas manifestaciones del arte.

Esos bollos que se llaman magdalenas.

EL MUNDO CONMEMORA LOS 100 AÑOS DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST
MARCEL PROUST, PARIS, 1871-1922

En la primera parte del libro Por el camino de Swann el impulso principal nace del recuerdo del personaje siendo niño, un niño para quien la lectura es una amistad, una especie de conversación interior; un joven enfermizo y devoto de su madre. Una clara descripción nos confirma esa vieja frase de Sigmund Freud: «infancia es destino» y que sé pueden recordar momentos del pasado después de oler o saborear algo.

Y así sucede con la famosa magdalena (un pastelito dulce) que «cierto día, abrumado por la tristeza» el personaje de Proust prueba mojada en té y  repentinamente es transportado a los veranos de su infancia en Combray, el nombre de un pueblito al noroeste de Francia, al que solía ir de niño con sus padres, y al que él puso ese nombre en su novela.

En un pasaje del libro describe: 

EL MUNDO CONMEMORA LOS 100 AÑOS DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST
MARCEL PROUST, PARÍS, 1871-1922

«Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo.

Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior.

Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal.

¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo?».

Valentín Louis Georges Eugene Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en el número 96 de la rue Fontaine, en Auteuil, París. Fue el hijo mayor de Adrien Proust, un prestigioso médico epidemiólogo francés, autoridad internacional en el estudio del cólera, para lo que hizo un viaje a Rusia y Persia del que se trajo tapices y alfombras que heredó el escritor, un padre de familia tradicional y católica.

Su madre Jeanne Clemence Weil, era una mujer judía, miembro de una familia con raíces alemanas y muy buena conexión con la burguesía parisina, que nunca se convirtió al cristianismo; quince años menor que su marido, provenía de una familia tradicional, rica y muy culta; hablaba alemán e inglés, sabía latín, era excelente pianista y avezada lectora. Ella fue quien despertó la vocación literaria de su hijo.

La pareja se caso en 1870 y tuvo dos hijos, Marcel (1871) y Robert (1873), que fueron bautizados en la fe católica. 

Proust pertenecía a una familia rica y socialmente establecida y entre sus numerosos parientes había corredores de bolsa, abogados y banqueros. Desde temprana edad dio muestras de inteligencia y sensibilidad. 

En el año 1880 cuando Marcel, con 9 años, tuvo un gravísimo ataque de asma. El polen flotando en el ambiente era un peligro asesino. Una tarde, después de pasear al aire libre por el Bois de Boulogne, la familia volvió a casa y fue entonces que Marcel dejó de respirar completamente.

La situación era tan desesperante que su padre creyó que había muerto. Se recuperó, pero el matrimonio decidió que no saldrían más de la ciudad para no exponerlo y se terminaron las visitas a sus familiares en Illiers. Marcel, que amaba esos lugares, tuvo que contentarse con su imaginación y comenzó a idealizar aquellos paisajes en su recuerdo.

Ya no podría llevar una vida como los demás niños, pasaría horas en casa leyendo y creciendo entre los continuos cuidados y atenciones de su madre que veló tanto por él que lo convirtió en un ser dependiente y caprichoso.

El vínculo era tan edípico que cuando le preguntaron, siendo adolescente, cuál sería su mayor desgracia, él no dudó en responder: «Estar separado de mamá». Su endeble salud, por otro lado, lo mantenía en su casa y no le permitía asistir con regularidad al colegio.

En el liceo Condorcet, donde cursó la enseñanza secundaria, afianzó su vocación por las letras y obtuvo brillantes calificaciones. Tras cumplir voluntariamente el servicio militar en 1889 en Orleans, asistió a clases en la Universidad de La Sorbona y en la École Livre de Sciences Politiques.

Durante los años de su primera juventud llevó una vida mundana y aparentemente despreocupada, que ocultaba las terribles dudas que albergaba sobre su vocación literaria. Tras descartar la posibilidad de emprender la carrera diplomática, o de abogacía, trabajó un tiempo en la Biblioteca Mazarino de París, decidiendo finalmente por dedicarse a la literatura.

Frecuentó los salones de la alta sociedad parisina en donde conoció a personajes célebres de la época. Se junto con aristócratas antisemitas a pesar de su descendencia judía; supo describir con exactitud y virtuosismo el amor entre una mujer y un hombre, mientras que él era homosexual.

Pero vivía su homosexualidad como una maldición y camuflaría en la ficción y en sus personajes sus verdaderos deseos. Hay dos anécdotas que ilustran esta negación y sus conflictos. Una fue el día que Oscar Wilde fue a visitarlo y Proust huyó espantado porque no quería que los relacionaran.

La otra, es que solía coquetear con las hijas de sus amigos para sembrar dudas sobre sus gustos sexuales. Sus relaciones y sus amores, tanto reales como platónicos, solían estar marcados por la desdicha. A veces ni siquiera era correspondido ni los destinatarios de sus pasiones eran homosexuales. 

En 1896 publicó Los placeres y los días, colección de relatos y ensayos que prologó Anatole France. Entre 1896 y 1904 trabajó en la obra autobiográfica Jean Santeuil, en la que se proponía relatar su itinerario espiritual, y en las traducciones al francés de La biblia de Amiens y Sésamo y lirios, de John Ruskin con lo que aprendió el mecanismo de la escritura. 

He escrito la palabra «fin». Ahora puedo morir.

EL MUNDO CONMEMORA LOS 100 AÑOS DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST
MARCEL PROUST, PARIS, 1871-1922

A la muerte de su madre en 1905, se deprimió tanto que se alejó por un tiempo y fue incapaz de hacer algo, se recluyó en un hotel de Versalles explorando lo que llamó «las partes desconocidas de su pena». Era un intelectual brillante que hasta ese momento había fracasado como escritor

Fue precisamente esa soledad en la que lo dejó la muerte de su madre lo que obligó a concentrarse. A los 40 años pensaba que había malgastado su vida, y decidió dedicarse a la escritura. Estaba convencido de que el trabajo de un artista sólo podía ser fruto de «la oscuridad y del silencio».

Los siguientes años los vivió recluido en el número 102 del boulevard Haussmann, en París, donde hizo recubrir las paredes con corcho para alejar los ruidos y el polen. En 1907 comenzó a escribir su gran obra: En busca del tiempo perdido. Vivía de noche y tomando café al cuidado de Celeste Albaret quien llegó a contar que Marcel no se detenía: escribía a toda hora, corregía y volvía a corregir, añadía frases y quitaba otras. 

En busca del tiempo perdido fue escrita entre 1908 y 1922 con siete partes que fueron publicadas entre 1913 y 1927, una obra en aspectos es autobiográfica. La primera edición de Por el camino de Swannpasó desapercibida. La segunda fue interrumpida en 1914 por la Primera Guerra Mundial. Marcel decía querer ir al frente, pero su salud era tan precaria que resultó imposible.

Después de cinco años apareció A la sombra de las muchachas en flor (1919), que resultó un gran éxito y obtuvo el prestigioso Premio Goncourt. Las partes tercera y cuarta, El mundo de los Guermantes (2 volúmenes, 1920-1921) y Sodoma y Gomorra (2 volúmenes, 1921-1922), también recibieron una excelente acogida.

Las tres últimas partes, que dejó manuscritas, se publicaron después de su muerte: La prisionera (1923), La desaparición de Albertina(2 volúmenes, 1925) y El tiempo recobrado (2 volúmenes, 1927).

En un texto publicado por crítico literario Alejandro Toledo, basado en un testimonio de  Céleste Albaret de quien cuenta fue su asistente personal, quien acompañó al escritor en sus últimos años, y que no sólo lo atendía en todas sus necesidades, sino que a ella le dictaba; y también era encargada de preparar el engrudo y pegar en los cuadernos las hojas manuscritas con las que se añadían pasajes a los libros en proceso. 

Recuerda las palabras de Céleste: «Hacia 1922 Proust ya casi no salía. Comía muy poco; su dieta consistía, sobre todo, en leche y café. Una tarde tocó el timbre y acudió a la recámara. Proust acababa de despertar.

—Sabe, ha ocurrido algo grandioso esta noche.

—¿Qué ha pasado?

—Adivine.

—Monsieur, no imagino qué puede ser, no logro adivinarlo. Debe tratarse de un milagro. Tiene que contármelo.

—Pues bien, mi querida Céleste, voy a decírselo. Es una gran noticia. Esta noche he escrito la palabra «fin». Ahora puedo morir.

El 18 de noviembre Celeste lo vio tan mal que llamó a un médico y a su hermano Robert. Había que darle una inyección en el muslo y cuando Celeste levantó la sábana él pegó un grito de dolor. 

Al terminar este día habrá pasado un siglo desde que Marcel Proust exhaló su último suspiro en los brazos de su hermano Robert y pronunció estas palabras: «Ah, te he dado mucha pena y tristeza, mi pequeño Robert…». Tres días después fue enterrado en el cementerio de Père-Lachaise en la misma tumba que estaban sus padres.

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