La Copa del Mundo de fútbol, México, EU y Canadá 2026

07/04/2026
- «El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes.» — Jorge Valdano

El fútbol es el deporte del pueblo por excelencia. Pertenece a las masas. Su grandeza es tal que ni siquiera se necesita un balón para jugarlo.
En mi escuela primaria, la General Francisco J. Múgica, en el corazón del barrio de La Merced —mi barrio, en el centro histórico de Oaxaca—, estaba prohibido llevar pelotas por la falta de espacio. Pero eso nunca fue impedimento. Con el ingenio oaxaqueño de entonces, improvisábamos: comprábamos unas bebidas llamadas «Friko», que costaban cincuenta centavos, y con la botella de plástico rellena de papel de las servilletas de las tortas armábamos el balón de la reta del recreo.

Ese recuerdo, que guardo con profundo cariño, ilustra lo que el fútbol provoca en los niños no solo en México, sino en prácticamente todo el mundo.
Basta ver cómo se vive en otros rincones del planeta: los festejos desbordados tras una clasificación, los niños corriendo detrás de cualquier objeto que ruede, la alegría colectiva que trasciende idiomas, religiones y fronteras. El fútbol no es solo entretenimiento; es identidad, aspiración y, muchas veces, una vía de escape.
En ese contexto, la Copa Mundial de la FIFA 2026 llega como anillo al dedo para el poder. Durante un mes, los reflectores se desvían: la inseguridad, la inflación, la falta de medicamentos y otros problemas sistémicos quedan en segundo plano. El balón ocupa el centro de la conversación.

México, como siempre, se permite soñar. Alcanzar los históricos cuartos de final vuelve a instalarse como objetivo nacional. Sin embargo, la realidad del equipo genera dudas: sin grandes figuras, sin un proyecto sólido claramente definido, la hazaña parecería doble.
Aun así, el fútbol tiene esa capacidad única: hacernos creer. Ir contra los pronósticos, e incluso contra nuestra propia idiosincrasia, para intentar llegar a donde nunca hemos llegado.
Ahí está, quizá, el verdadero punto de quiebre: entre la ilusión colectiva y la realidad que, por un momento, decidimos no mirar.

Pero también —y tal vez ahí reside su fuerza— en esa necesidad de seguir soñando.
Mi predicción es clara: México no llegará a los cuartos de final. Los octavos serán, en el mejor de los casos, el límite una vez más.
Ojalá me equivoque.




